domingo, 13 de marzo de 2016

Si las miradas mataran



CLARA 
                                                            
Clara sintió que algo estallaba en su interior. Se abrió un agujero grande y profundo y surgió un dolor devastador. Se sentó. Trató de contener la angustia. No pudo. No conseguía dominarse. Todos sus compañeros de trabajo se habrían dado cuenta de lo que le pasaba, pensó. Todos dirían que extraña es está chica, que loca. Se mirarían, se reirían de ella. Notó que sus ojos se llenaban de lágrimas. Salió casi corriendo de la oficina, balbuceando algo parecido a que no se encontraba bien.
El trayecto en metro se le hizo eterno, aunque apenas duró 15 minutos. Trataba de ocultar su rostro todo lo posible. Se sintió muy distinta y muy lejana del resto de los pasajeros. Ellos mirando sus móviles o sus libros, despreocupados, incluso alegres. Les envidiaba. Todos ellos pudiendo continuar con su vida normal, simple. Ajenos por completo a la dolorosa, la terrible verdad que ella, sólo ella, podía percibir.
Llegó a su casa. Cerró la puerta. Bajó la persiana de su dormitorio. Entró en su cama sin desvestirse. Se hizo un ovillo. Y así fue encontrada. Dos días después. Muerta.
¿Qué acabó con Clara? Con veinticinco años, nada más. Tan llena de vida. Nadie lo supo entonces. Tiempo después, cuando el mal se descubrió, poco antes de convertirse en epidemia global, los que la conocían quizá sí lo imaginaron.

MARCOS: LA NEGACIÓN
Marcos mira el periódico pensando que la tontería en este mundo es infinita. ¿De verdad, los científicos, los médicos, lo están estudiando con seriedad? ¿No será una broma gigantesca? Sí, bien, hay datos, han aumentado mucho los suicidios. Es cierto que se nota que la gente está aún más rara de lo normal. La calle cada vez más peligrosa. Hay reacciones desmedidas. Tanto te pueden dar un abrazo sin motivo aparente, como un puñetazo por qué alguien se siente ofendido por la manera en que le has saludado. Mucho pirado hay, sí, es así ¿Pero cómo pueden atreverse a afirmar que existe una extraña enfermedad, de origen desconocido, que nadie sabe cómo se transmite, que provoca que todos nos volvamos emocionalmente hipersensibles? Hasta le ponen un nombre: S.E.D., Síndrome de Emotividad Descontrolada. De acuerdo, la humanidad se está volviendo loca. Pero la culpa es nuestra. Estamos así de tarados. Un poco de origen y bastante por la vida que llevamos. No culpemos a un mal mágico, a un castigo divino.

CLARA, UNOS SEGUNDOS ANTES
Clara, camina por la oficina. Apagada, cansada. Lleva unos días muy sensible, en los que apenas ha dormido. Está un poco preocupada, pero bueno, confía en que sea algo pasajero. Ve venir a Julia. Siempre ha habido cierta tensión, pero desde la última reunión ha aumentado mucho. No pretendió ofenderla. Trata de poner una sonrisa, y se prepara para el saludo. Pero Julia no la saluda. En cambio sí que la mira. La mira directamente a los ojos. La mira transmitiendo un odio intenso. Y Clara siente un fuerte impacto. Se encoge. Esa mirada la rompe. Todo lo que la puede hacer daño ha sido invocado y aparece a la vez. Se produce la explosión. Esa mirada la mata.

MÓNICA: LO QUE LA ENFERMEDAD ENSEÑA
Así que sentir es esto. Ahora me he dado cuenta que durante toda mi vida he estado simulando. Que he mostrado la pena que se suponía debía sentir, cuando algo malo sucedía, cuando veía sufrir a alguien, actuando como la persona bondadosa y sensible que quería ser. He interpretado todas las fases del amor al modo romántico, con precisión y entrega en la ejecución. He actuado por voluntad como creía que debía actuar por emoción. Estoy convencida de que daba el pego. Conseguía una buena imitación. Y sé que no he sido la única. Hasta diría que era mayoritario. Antes de que llegara SED estoy convencida de que causaba mejor impresión un buen artificio. Era más puro y fácil de entender que el original, y además se prefiere aquello a lo que se está acostumbrado. Hasta yo misma me engañaba y  creía que mi comportamiento tenía un origen legítimo. Pero no era así. Antes lo tenía todo bajo control. Ahora no.

 ANDRÉS Y LA GENEROSIDAD DESCONOCIDA
Andrés no sabía lo que estaba pasando, pero quería que siguiera así. Cada vez le daban más limosnas y más generosas. Pero no sólo era eso, la gente parecía sinceramente preocupada por él. Su deseo de ayudar parecía auténtico. Le sonreían, le preguntaban. Estaba animado. Volvía a sentirse uno más. Igual a ellos. Quizá, con mucha ayuda y con cariño, podría recuperar una vida normal.

EL JEFE Y MARTÍNEZ: LA INCOMPRENSIÓN DE LOS INMUNES
“Algo habrá que hacer Martínez, algo habrá que hacer. No tenemos trabajadores. Muchos se han ido. Que si querían hacer algo con sentido en sus vidas, que si no querían perderse como crecían sus niños…Muchos se piden baja por depresión. Y los que vienen, mejor que no vinieran. Distraídos, atemorizados, irritables…¿Usted está enfermo Martínez? Pues yo tampoco. Ni mis amigos. Mi mujer sí. Está insoportable. Bueno, más de lo normal, quiero decir. No me extrañaría que lo fingiera todo. Ella es capaz de lo que sea con tal de cabrearme. Idiotez Martínez. Eso es lo que es. Una epidemia de idiotez. Pero algo habrá que hacer para combatirla, Martínez. Algo habrá que hacer.”

ANDRÉS CHOCA CON LA SENSATEZ
Andrés fue detenido al llegar al metro. Los nuevos dirigentes querían recuperar la sensatez en el gobierno. La epidemia había provocado que hubiera una ayuda enorme a los más desfavorecidos, a los pobres y refugiados. Nadie dice que ayudar sea malo. Por supuesto que no. Es algo hermoso y que hay que mantener. Pero con control. Con unos límites que permitan una ayuda sostenible, sin perjuicios para nuestra economía, ni para nuestra sociedad. Y sin permitir que haya abusos. Porque es indudable que ha habido quien se ha beneficiado. Gente miserable, que se ha aprovechado de que otros se vieran dominados, y también cegados, por buenos sentimientos. No íbamos a permitir que esto siguiera ocurriendo. La ley y la policía iban a ser muy severos con aquellos que tratarán de provocar la compasión de los bondadosos ciudadanos. Seguiría habiendo ayudas, sí. Pero sería el gobierno, tras un estudio extenso, el que decidiera como hacerla de la manera más conveniente.

ALBERTO Y LA DECISIÓN SENTIMENTAL
Medicarse o no, esa era la gran decisión. Una decisión que según lo que decían los expertos podía ser permanente. Durante toda la vida dependiendo de las pastillas. Y no para curarse, si por eso entendemos volver al estado que antes se consideraba saludable. No, no se consideraba posible retornar ese estado en el que sentíamos, pero no nos dominaba la emoción, o lo hacía muy pocas veces, en situaciones extraordinarias. No. La única solución encontrada era inhibir al máximo la generación de emociones. Guerra química contra el alma desbocada.
Hay quien creía que había otras soluciones. El yoga, la meditación, la religión, la autoayuda… a algunos les funcionaba pero a la mayoría no. Otros, los que se lo podían permitir, optaban por la cirugía. Algo definitivo, sin vuelta atrás. Hay quien podría arrepentirse de algo tan drástico, pero lo bueno es que estaría incapacitado para lamentarlo.
La verdad es que medicarse, al menos hacerlo con la regularidad recomendada, también sería permanente. Después de una temporada haciéndolo, acostumbrándose a un paz fría, la emoción más pequeña sería estridente y muy dolorosa. Incluso aunque el mal desapareciera tan inexplicablemente como vino, no podríamos soportar las antiguas y queridas alteraciones del ánimo.
Dejar de ser lo que se fue, dejar de ser el que quiso y el que lloró. Para poder mantener el control, al menos tener la sensación de estar al mando. Para no ser arrastrados por algo poderoso pero pasajero, por algo que aunque nace en nosotros pronto nos abandonará.  Perder el sabor y el aliciente. Conservar los sentidos pero perder la facultad de disfrutar de lo que se percibe. Un amanecer sería sólo algo bonito, no me conmovería. Mi canción favorita no me levantaría cuando estuviera abatido. El tacto…el tacto sólo sería tacto, no traspasaría la piel. Y si no, dejarse llevar una y otra vez. Ser arrastrado por una emoción, sin poder hacer nada, dándole voz, dándole cuerpo. Saber que si pretendo detenerme, resistirme, me acabaré rompiendo. Ser consciente de que la que ahora gobierna será reemplazada por otra que me hará sentirme arrepentido de lo dicho y hecho, y sin embargo no poder evitar cometer el error. Debo entregarme incondicionalmente a la razón o al corazón.
He decidido. Prefiero emprender un viaje del que no conozca destino ni duración, en el que todo puede ocurrir, que otro programado a la perfección, cómodo y bien organizado, que me conduciría al tedio.

PABLO RECORDANDO A MARTA
Ya no era posible encontrar un libro de poesía. Primero fueron los nuevos gobernantes, los inmunes al mal, los que decidieron imponer la censura emocional. Todo aquello que consideraban que podía provocar una reacción intensa era prohibido. Sólo era aceptable lo plano, neutral, atonal e intranscendente. Después, cuando los medios de control se extendieron, (fármacos, extracción de una parte del cerebro), la gente ya no buscaba nada que le pudiera emocionar. Normal, para ellos la poesía era Bach para sordos.
Tengo ahora en las manos ese libro antiguo, gastado, lleno de anotaciones. No me atrevo a abrirlo. Me pregunto si tú también lo conservarás, si guardarás él que yo te regalé.

ÁNGEL Y LA QUE SOLÍA SER SUSANA
No quisiste arriesgarte. Te operaste. No pude convencerte de que no lo hicieras. No creíste que los dos juntos saliéramos victoriosos. Al menos unos cuantos años, en los que acumularíamos muchos grandes momentos. Momentos de una cercanía que antes era imposible alcanzar. Ahora nuestro amor no tenía barreras. Ya no poníamos ponerle freno. Y sí, era peligroso, era posible que algo tan poderoso nos destrozará. O, casi peor, que nos enfrentara y nos separará. Pero yo creía que no. Quizá ingenuo, quizá engañado por este mal. Seducido para ser atrapado y devorado. Pero yo lo creía. Y ahora te veo. El instante en el que te veo es siempre alegre. Pero después…después me miras y veo que ya no estás. Ya no voy a poder provocarte una sonrisa. El abrazo que antes era consuelo, promesa renovada, ahora tan sólo es un contacto agobiante. Ni escribiendo el poema más bonito del mundo, puedo provocar lo que antes conseguía con un mensaje sencillo, o con una tonta palabra cariñosa. No hay manera de conseguir que vuelvas. Ni reclamándote a gritos, ni susurrando con dulzura. Golpeado por la mayor de las frustraciones, en la infinita soledad de quien tiene tan cerca y tan lejos a quien quiere estar unido,  estoy a punto de rendirme. Pero no lo hago. De momento, no lo hago. Tengo algún consuelo, como ver que continúas con los mismos hábitos y manías que has tenido siempre. O algo tan tonto como saber que nunca más vas a querer a nadie como me quisiste a mí. Y me queda el refugio de la memoria. Recuerdos demasiado preciosos para perderlos, aunque sean dolorosos e irrepetibles.

MARCOS Y OTROS QUE NO QUIEREN DEJAR DE TENER SED
No va a ser fácil. No somos muchos, al menos los que nos hemos descubierto. Tratamos de pasar inadvertidos entre los controlados, los que no tienen SED. Somos muy mal vistos: nada funcionales, y problemáticos. Pero a la vez estamos atentos, para que no se nos pase por alto un gesto, una expresión que delate a otro que no quiere dejar de sentir.
Necesitamos el apoyo de los otros para no rendirnos, para hacer el menor daño posible y para no destruirnos. Intentaremos estar juntos en esto pero no puede haber promesas. Unidos en el riesgo más que en el compromiso. Aunque nos propongamos ser disciplinados, leer todos los días nuestro código de honor y solidaridad. Pero quizá pronto lo quememos o lo hagamos pedazos. Muchas veces nos veremos tentados a romper el pacto, ofendidos, dolidos, creyéndonos incomprendidos o maltratados. Confiamos en que alguien nos saque del error.  
No nos anularemos con medicamentos, pero alguna vez nos ayudaremos de algo que nos permita dormir, o tomaremos alguna copa de más. Cada uno buscará alguna actividad que le ayuda a equilibrarse. Yo, por ejemplo, escribiré.
Trataremos de seguir, superando como podemos los períodos duros, hasta alcanzar los momentos en los que nos podemos recuperar. Padeciendo todo, sin renunciar a nada. Humanos, demasiado humanos.