“Cuando cabalgábamos yo iba
siempre un poco detrás de él. Un par de metros. Una distancia ceremonial. No
era porque yo fuera el escudero y él mi señor. No, él nunca me lo hubiera
pedido, y yo no lo hubiera aceptado si me lo hubiese querido imponer. Era algo
que yo había decidido. Para mi tenía un significado. Era una demostración de
admiración, un gesto que representaba que no me consideraba digno de ir a la
altura de tan noble caballero, aunque fuera también mi amigo”.
Santos sonríe al pensar que sus
lectores podrían imaginarle como un joven bueno y humilde. Si algo de eso era,
en el momento que trata de narrar, era todo mérito del caballero, por lo mucho
que había aprendido con él. Antes de conocerle era un muchacho arrogante y
elitista. Gracias a la riqueza de su familia, nunca había trabajado y había
podido dedicarse al estudio. Se había entregado a él en soledad, con fervor. Se
creía muy sabio, pensaba que podría ser el más brillante escritor de la
historia. Pero para su desgracia tenía muy pocas vivencias de las que extraer
historias. Para disponer de más material, en una decisión más alocada que
valiente, decidió, a sus veinte años, acompañar a un caballero. No a uno
cualquiera; al que consideraba el más bruto y loco.
Sí, era un bruto, un ser
tosco y vulgar, sobre todo para Santos que tan poco conocía del mundo real. No
podían esperarse maneras refinadas en alguien a quien llamaban El Oso. Aunque
tal apodo se debía más a su altura y fuerza que a su comportamiento salvaje. Él
nunca utilizaba su nombre real. Algunos creían saberlo, pero pocos se atrevían
a pronunciarlo por temor a su reacción. Ese supuesto nombre era el de un gran
guerrero, el más poderoso y temible que había combatido en las cruzadas. Un
guerrero que un día sintió que ya no podía continuar con esa vida. No creía en
aquello por lo que estaba luchando, por lo que estaba matando, y juró que desde
ese momento solo pelearía por lo que él consideraba justo.
¿Loco? Bueno, a Santos se lo
pareció al principio. Nada que ver con lo que él pensaba que debía ser un
caballero. Nada de nada. Ni siquiera tenía armadura. Sólo algunas defensas
ligeras, y un casco que no le cubría toda la cabeza. No pretendía brillar por
su pureza. No quería ser reconocido por su comportamiento intachable. Ni
tampoco deseaba que se cantaran poemas relatando sus victorias sobre otros
caballeros en nobles justas. La canción con más éxito sobre el Oso, tenía como
tema su increíble capacidad como bebedor. Para la Iglesia, que creía la
historia del guerrero que abandonó las Cruzadas, era un traidor y un hereje.
Esto no le preocupaba mucha al Oso decía que él era un caballero del pueblo, no
de Dios. Para la nobleza era alguien incómodo, un rebelde, un muy mal ejemplo.
Santos relata así como el caballero
se fue ganando su admiración:
“Le vi hacer mucho por los
demás. Nunca con la intención de que le reportara fama y gloria. Sus principios
y valores sin duda eran muy personales. Pero cada vez los fui encontrando más
sensato y hermosos. Sobre todo a partir de que fui abandonando mi mundo teórico
y descubriendo el real. Las aventuras que vivimos, los sufrimientos que
presencié, las sonrisas y agradecimientos que recibió el Oso, y yo también, simplemente
por acompañarle, me abrieron la mente, pero sobre todo me convencieron del
poder, de la necesidad de la acción.
El trataba de hacer lo
correcto cada día. Trataba de ayudar cada día. Algo tan sencillo de pensar como
eso. Nada que ver con las complicadas ideas de las que yo me sentía orgulloso.
Pero algo muy difícil de realizar con tanta habilidad y tanta constancia como
mostraba el caballero. No siempre empleaba para ello la espada, pero si con
frecuencia. Era un admirable luchador, que procuraba vencer causando el menor
daño posible.
Ese día cabalgamos cansados.
Los días anteriores habían sido duros, con abundante acción. Estábamos deseando llegar a la villa de Belmont para poder
descansar y comer bien. Y beber mucho, claro.
Estábamos ya cerca, cuando
apareció una niña.”
Deja de escribir. Creía
poder narrar con serenidad lo que ocurrió, después de todo el tiempo que había pasado.
Pero los años desaparecen al tratar de rememorar con fidelidad y detalle. Revive
todo lo que sintió ese día desde el momento en que la niña se acercó a ellos
corriendo. Pidiendo a gritos que se detuvieran. Lo hicieron. Cuando la vieron
de cerca, les conmovió su llanto, su tristeza y su miedo.
Por lo afectada que estaba,
por su dificultad para encontrar las palabras y por su acento, tardaron mucho
en entenderla. Era extranjera. Una de los muchos extranjeros que habían llegado
a la zona huyendo de un país que padece guerras
y enfermedad. Habían conseguido refugio en la villa… o eso creyeron. Al principio
estaban satisfechos, pero después los lugareños habían empezado a aprovecharse
de la situación. Les hacían trabajar sin apenas descanso, les mal alimentaban.
Les amenazaban con castigarles a ellos o a los familiares menos válidos para el
trabajo. Se habían convertido en sus esclavos.
La niña contó que uno de
ellos iba a ser colgado dentro de muy poco. Le acusaban de ser un ladrón y de
querer matar a un hombre. Ella les dijo que no era cierto. Que le rodearon, le
llamaron ladrón, le golpearon y él se defendió. Les dijo que tenían que apresurarse
para salvarlo. Estaba ya todo preparado. Le iban a colgar en la plaza
principal. Delante de todos los habitantes de la villa y alrededores. Y delante
de los extranjeros; ellos debían verlo para saber los que les podía esperar. La
niña había podido escabullirse, y había estado rezando a su Dios para que les
enviara ayuda. Cuando les vio aparecer supo que sus oraciones habían sido
escuchadas.
El Oso y Santos se miraron.
No necesitaron hablar mucho, sabían que la historia era cierta. No sólo porque
la contará, con una emoción muy difícil de simular, una niña con cara de ángel.
Era una historia ya conocida. Ellos ya habían ayudados a algunos explotados. Extranjeros
y pobres. A algunos les liberaron y les permitieron tener una nueva
oportunidad. Otros, a pesar del maltrato, deseaban quedarse donde estaban, porque
no creían tener mejor opción. En esos casos el Oso amenazaba con volver y castigar
a quien hubiera abusado de su poder. No podía hacer nada mejor, aunque dudaba
de que el temor a su regreso tuviera efectos prolongados.
Cabalgaron veloces a la villa de Belmont. Cuando
llegaron, se encontraron con una gran plaza llena de gente. Fueron recibidos
por cientos de miradas crispadas.
El caballero le dijo al escudero que esperara detrás. Se
bajó de su caballo, caminó hacia donde se encontraba la horca, y ordenó que se
detuviera la ejecución.
- ¿Quién eres tú para interrumpir a la justicia?
¿Quieres acaso liberar a un criminal?” –le dijo el alguacil.
-No creo, que sea un criminal, o al menos que merezca
semejante castigo.
- Ha robado, y ha querido matar a un hombre inocente.
El desagradecido infiel.
- Si ha robado no será nunca más que la paga que se ha
merecido por su trabajo. Y dudo que mucho de que quisiera matar a nadie. Más
bien creo que peleó porque fue atacado. Si creéis que quien lucha para
defenderse merece la horca, vais a necesitar semanas para acabar vuestra tarea.
¡Liberadle!
- Se quién sois. Conozco vuestras andanzas, las
fechorías que habéis hecho en otros lugares. Creéis que sólo vos sabéis lo que
es justo. ¡Menudo loco! Merecéis el mismo castigo. ¡Soldados a él!
A él fueron, pero al
Oso no le fue difícil deshacerse de los diez que le atacaron. El público
presente se quedó asombrado de ese espectáculo tan distinto del que esperaban
ver. Sólo quedaban intactos los soldados que custodiaban a los extranjeros.
Entonces el alguacil empezó a arengar a todos los
habitantes que allí estaban. Les preguntó si iban a consentir que ese loco impidiera que se hiciera justicia, si le
iban a dejar liberar a un criminal, si iban a permitir que el decidiera lo que
esa villa debía hacer. A esa voz se unió otra que decía que era un pecador, y
un demonio. Tan infiel y salvaje, como aquel a quien iban a colgar. Esa voz, acostumbrada
a dar sermones, decía que también debían acabar con él.
Santos vio lo que ocurrió
desde cierta distancia. Conteniendo todo lo que puede sus emociones se dispone
a describir lo que vio:
“Al principio sólo unos
pocos dieron pasos hacia el caballero. Pero esos animaron a otros, y al final
fue muchos los que le atacaron. El Oso esperó a la horda sin retroceder un paso.
Hirió a un par de ellos. Estaba ya a punto de clavar la espada en el pecho a
otro al que había derribado, cuando de pronto se detuvo y lanzó lejos la
espada. Los miserables, en lugar de reparar en la nobleza de su gesto, pensaron
que ahora no podría herirles y se lanzaron todos a una sobre él. Le hirieron
con cuchillos, le golpearon con palos, o con cualquier objeto que encontraron a
mano. A veces dejaba de ver al Oso, le cubrían sus atacantes. Pero en segundos
volvía a aparecer, se liberaba con puñetazos, patadas o empujones. Y seguía
avanzando hacia la horca. Veía su cara de dolor, sentía su sufrimiento. Malnacidos.
No podía quedarme quieto. No podía estar allí siendo testigo pasivo de ese
dolor, de ese sacrificio. Por un segundo, supongo que inspirado por la cobardía
pensé que debía seguir al margen, que alguien debería quedar para contar
aquello, que ese acto de valentía y nobleza debía ser conocido y pasar a la
historia. Pero esa idea quizá sensata, era muy insuficiente para calmar el
malestar, el asco, el dolor que sentía. Tuve que moverme, tuve que ir hacia él,
aunque poco podía ayudarle…”
Poco podía ayudar Santos en
el combate, por mucha furia que le impulsara. Pero al verle muy cerca, y ver
que le golpeaban a él también, el Oso, herido de gravedad, muy cansado, pareció
recobrar toda su fuerza, y luchar con más vigor que nunca.
Los atacantes parecieron
dudar, detenerse. Quizá tomaron conciencia de la situación. Quizá despertaron.
En ese momento en que los locales se pararon, los extranjeros decidieron que ya
era hora de ponerse en acción. Se deshicieron de los soldados que les
custodiaban a costa de algunas bajas, y se lanzaron en ayuda del caballero y su
escudero. Entonces huyo el alguacil, huyó el verdugo, huyeron los soldados que
podían moverse. Los ciudadanos retrocedieron. Los extranjeros, cargados de ira,
se iban a lanzar al ataque. Pero el caballero les detuvo.
Se fueron de la villa. Los
extranjeros, el caballero y el escudero. Se fueron sin saber muy bien a donde.
El caballero, muy malherido, cabalgó todo lo que pudo soportar. Cuando ya no
pudo más, se detuvieron. Tendido en el suelo el Oso le habló a su escudero:
“Mientras el alguacil hablaba, vi cómo me miraba la
gente. Conozco esas miradas. Conozco la mirada de la estupidez, de los que se
sienten poderosos respaldados por la masa. Conozco la mirada de la crueldad, de
los que disfrutan haciendo daño empleando cualquier razón como excusa. Conozco
la mirada de la vergüenza encolerizada, que aparece en quienes se sienten culpables
y no quieren oír las acusaciones.
Cuando se lanzó al ataque la gente de la villa, cuando
les vi venir hacia mí con palos, con cuchillos, cuando los niños me tiraban piedras,
es cuando estuve al borde de la derrota. Entonces casi me contagié de ese odio,
y estuve a punto de volver a ser el que fui. Podría haber acabado con decenas
de ellos, podría haber provocado que a otros les dominara el pánico, y salir de
allí entre sangre, llantos y terror. Esa hubiera sido la derrota. Todo lo bueno
que antes hubiera hecho se hubiera ensuciado. Todo lo que ha ido reduciendo el
desprecio que sentía por mí mismo, hubiera desaparecido, y volvería a ser
incapaz de soportarme.
Siempre he sido un guerrero. Un instrumento, un arma
si quieres. Me di cuenta de que aquello por lo que antes luchaba no era bueno porque
me premiaban por ser un asesino. Lo que ahora defiendo, no puede defenderlo un
asesino. Por eso lancé mi espada. Pero tampoco podía ceder, tenía que seguir
luchando por lo que creo, por salvar a un inocente. No podía abandonar y huir
dejando que en esta villa ocurriera algo tan vil y mezquino. Tenía que seguir
avanzando, resistiendo los golpes y apartando a quien me quisiera detener.
Estuve a punto de derrumbarme, pero entonces tú
llegaste. No soportaste lo que estabas viendo, y te viste obligado a actuar.
Eso ha ocurrido antes, tú has visto como otros a los que hemos ayudado se han
convertido en luchadores, y ya no necesitan de nadie que venga a pelear por
ellos.
Sé que tú te preguntarás si ha merecido la pena: la gente
que hemos liberado no tiene a donde ir y les será difícil encontrar un lugar
donde sean bien recibidos. Y yo…poco futuro tengo.
Pero yo no tengo dudas: sé que hice lo correcto. Era
lo que sentía que debía hacer. Con eso me conformo. Me basta para estar
tranquilo”.
El caballero permaneció tranquilo hasta que murió,
poco después.
Santos, realmente dudo de que el sacrificio del
caballero hubiera merecido la pena. Por eso le consoló tanto la carta que ahora
tiene entre las manos:
“…cuando llegué a la plaza ya se había librado de
todos los soldados y ahora era la gente que conocía, con la que convivía,
quienes le atacaban. No podía creerlo, mis vecinos, mis amigos, estaban
tratando de matar a mí héroe. Era mi héroe, aunque la mayoría de la gente allí
le consideraba un loco, un infiel y un delincuente. Pero las historias que se contaban
de él me hacían verle como un gran guerrero con buen corazón. Él era tal y como
me lo imaginaba, enorme, fortísimo. Era capaz de apartar a todos los que lo
atacaban aunque lo hacían por decenas. Me sentí mal, porque estaba seguro de
que él era el bueno, y eso significaba que nosotros, la comunidad a la que
pertenecía éramos los malos.
Ya antes pensaba que algo malo había en esa ejecución.
Tenía siete años y no entendía la mayoría de lo que ocurría. Pero tenía, o
creía tener, una clara distinción entre lo que estaba bien y mal. Mi padre
también pensaba que aquello estaba mal. Por eso seguíamos en el taller cuando
todo empezó. Pero cuando oímos los gritos y los sonidos de lucha fuimos
corriendo.
La que intentaba acabar con el Oso era gente con la
que hablaba mi padre, y que comentaba lo mucho que yo había crecido. Gente me
regalaba algo de fruta, o un pescado recién salido del río. Niños con los que
yo jugaba eran los que gritaban con
rabia mientras eran sujetados por sus madres. Abuelas que conmigo eran
cariñosas las que pronunciaban palabras llenas de odio. Hubo quien le recriminó a mi padre que no se uniera al combate. Sé que mi
padre fue valiente no haciéndolo.
Diez años han pasado desde
entonces. Por fin soy lo suficientemente mayor para poder marcharme. Siento
dejar a mis padres, pero ellos lo entienden.
Llevaba mucho deseando hacerlo.
Desde aquel día en la villa el ambiente está lleno de vergüenza y tristeza. El
Oso mediante la belleza de su sacrificio reveló toda la fealdad que existía en
Belmont. Todos reconocieron sus pecados y miserias, por obra u omisión. No han
sabido como redimirse, como limpiarse. Y yo les he visto sufrir desde entonces
el peso y la amargura de la culpa.
Nadie quería hablar de ese
día. Nadie quería reconocer que recordaba lo que pasó. Pero sé que lo hacían.
Yo lo hacía. Le escribo esta carta para que sepa que siempre he tenido presente
ese día, que marcó mi manera de pensar y determino todo lo que me propongo conseguir en la vida”.
A Santos le marcó no sólo lo que ocurrió ese día, sino
todo lo que vivió con el caballero. Y cuando él se fue también se entregó a la
lucha. No tenía valor ni fuerza para combatir con la espada. Pero podía
escribir. Escribir palabras sencillas, palabras humildes, como hay miles,
millones en multitud de idiomas. Pero cuando esas palabras se agrupan de manera
adecuada, surgen ideas en quien las lea, provocan emociones. Y esas ideas, esas
emociones, a veces impulsan a pequeños actos. Y éstos a otros, y ésos a más...Santos
sabía que por mucho que trabajará vería pocos frutos, pero confiaba en que su
esfuerzo provocaría efectos mucho después de que él se hubiera ido. No creía
posible una victoria total, ni siquiera en un futuro lejano, pero estaba
convencido de que la lucha persistiría siempre.