lunes, 15 de febrero de 2016

El silencio: Inicio



Hubo un largo e incómodo silencio. Todos me miraban; angustiosa expectación. En segundos, habían cambiado radicalmente de expresión. Las sonrisas o incluso risas, provocadas por la anticipación de mis palabras, se transformaron en gestos sorprendidos y tensos. No podían entenderlo. ¿Por qué no decía mi frase? La conocida y esperada, la que ya había aparecido tantas veces en las reuniones familiares. La que surgió por casualidad la primera vez, y que en otras ocasiones había sido recordada y solicitada. Mi marido me había dado la entrada…¿Por qué me había quedado callada?
Yo me sabía perfectamente el guión, por supuesto. Pero en ese instante me di cuenta de que no podía continuar con mi papel. La frase se quedó esperando en mi boca, pero no la dejé salir. Estuvo tanto tiempo allí que sentí que me estaba ahogando, tuve que levantarme e ir al baño.  
En él estoy ahora encerrada, tratando de tranquilizarme sin ningún éxito. Pensando cómo salir de esta situación. El problema es serio. No es sólo que no quiera decir frase. No es una cuestión de enfado con mi público, ni siquiera con parte de él. No es que prefiera ser considerada antipática a continuar siendo la protagonista de una tradición a la que ya no encuentro ninguna gracia. No. No es algo temporal, ni parcial. Es mucho más grave. No soy capaz de seguir siendo la que se espera que sea, la que ya no siento ser. Y lo que es aún peor: no tengo ni idea de quien soy en realidad.   

domingo, 14 de febrero de 2016

Autorretrato




Describirse, mostrarse, retratarse. Descubrir a otros lo que yo era fue el primero de los motivos fundamentales que me impulsó a escribir, siendo un adolescente, casi un niño. Quería revelar lo que mi timidez y mi silencio escondían. Por supuesto, mi intención era que aquello que mostrara de mí gustara. Quería que se viera que soy inteligente, sensible, gracioso…Bien, tengo que reconocerlo, quizá no me quería mostrar tal y como era, si no tal y como pretendía ser. No se me puede culpar; el describirse como el personaje que desearían ser es un error muy común en adultos. Incluso en adultos que son estrellas de la literatura. Y yo sólo era un crío que estaba iniciándose en las categorías inferiores.
He ido modificando poco a poco la manera de presentar mi interior. Más por un ejercicio de crítica literaria que de sinceridad: me di cuenta que mis escritos iniciales tenían el mismo valor como descripción del ser, que un 6 y un 4 como retrato de mi rostro. La autenticidad tiene un precio: el proceso de escribir se ha ido convirtiendo en algo cada vez más complicado y doloroso. Se me hace mucho más difícil expresar de manera aceptable lo que de verdad pienso que lanzar ideas con apariencia brillante. Con lo fácil que es mostrar sentimientos bonitos y limpitos, lucho por transmitir el barullo de emociones que llevo dentro. Para ello tengo que sumergirme en procesos lentos, espesos, de largos sufrimientos y breves placeres. Bucear, encontrar, aclarar y armonizar. Tratando no sólo de conocerme un poco más, si no de dar un sentido, y una mínima unidad, al caos interior. Y cuando no sólo escribo para mí, cuando quiero compartirlo, entonces el proceso se hace aún más largo. Corrijo, detallo, afino, dudo, dudo mucho, y corrijo de nuevo o incluso vuelvo a comenzar. Cuando termino, cuando decido presentar algo mío, miedo, mucho miedo. Frágil, indefenso, desnudo ¿Verán los demás lo que yo he querido dibujar o algo completamente distinto? ¿O no verán nada? ¿Lograré emocionarles un poco o les resultará indiferente? Releo y no me quedo nada satisfecho del resultado. Y sin embargo, a pesar del dolor, el miedo y la insatisfacción, estoy enganchado al proceso.
El segundo motivo fundamental fue compartir los productos de mi imaginación. Era normal que imaginase; había tanto que no me atrevía a decir, tanto que no me atrevía a hacer, que tenía que buscar un medio de combatir la frustración. Imaginar, imaginar a lo grande. Mi imaginación empezó siendo solitaria, pero pronto se hizo amiga de la lectura y ambas crecieron juntas. Una de mis lecturas iniciales preferidas fueron los libros del Rey Arturo y sus caballeros. Creo que enfermé a una tierna edad del mal del Quijote. Si bien no me llevo a realizar espectaculares y alocados actos, porque mi cobardía me detuvo, el mantenerlo pasivo en mi interior provocó que se convirtiera en un mal crónico. Aún soy, y supongo que seguiré siempre siendo, un idealista en permanente enemistad con la realidad. Una de las pocas armas de las que dispongo en mi lucha es la escritura.
Le fui encontrando otros usos a mi imaginación desarrollada. Podía comprender bien lo que otros sentían, podía ponerme en situaciones que nada tenían que ver con lo que vivía o había vivido. Al escribir utilicé estas nuevas funciones. Es otra forma de mostrarme. Uno también es lo que podría hacer o decir en otras circunstancias, en otro tiempo, en otras historias. Y aunque escribiera sobre algo por completo ajeno, si ello es posible, lo haría empleando mi personal y única mirada.
Y el tercer motivo fue el miedo a que se perdiera lo mejor que yo había experimentado en mi interior. Que algo bello que había pensado o sentido no muriera ignorado. Si pudiera comunicar de una forma precisa y hermosa el efecto de mis experiencias más importantes, si consiguiera que otros comprendieran lo que me afectaron, las reflexiones y los cambios que provocaron, y se emocionaran con lo que a mí me conmovió, escribiría no sólo la más bella forma de autobiografía, sino el mejor autorretrato posible. Todo autorretrato, que no se conforme sólo con lo exterior, sería demasiado pobre si reflejara un instante, pues nadie, para bien o para mal, puede ser todo lo que es en un único momento.