Hubo un largo e incómodo silencio. Todos me miraban; angustiosa expectación. En segundos, habían cambiado radicalmente de expresión. Las sonrisas o incluso risas, provocadas por la anticipación de mis
palabras, se transformaron en gestos sorprendidos y tensos. No podían entenderlo. ¿Por
qué no decía mi frase? La conocida y esperada, la que ya había aparecido tantas
veces en las reuniones familiares. La que surgió por casualidad la primera vez,
y que en otras ocasiones había sido recordada y solicitada. Mi marido me había
dado la entrada…¿Por qué me había quedado callada?
Yo me sabía perfectamente el guión, por supuesto. Pero en
ese instante me di cuenta de que no podía continuar con mi papel. La frase se
quedó esperando en mi boca, pero no la dejé salir. Estuvo tanto tiempo allí que
sentí que me estaba ahogando, tuve que levantarme e ir al baño.
En él estoy ahora encerrada, tratando de tranquilizarme sin
ningún éxito. Pensando cómo salir de esta situación. El problema es serio. No
es sólo que no quiera decir frase. No es una cuestión de enfado con mi público,
ni siquiera con parte de él. No es que prefiera ser considerada antipática a continuar
siendo la protagonista de una tradición a la que ya no encuentro ninguna gracia.
No. No es algo temporal, ni parcial. Es mucho más grave. No soy capaz de seguir
siendo la que se espera que sea, la que ya no siento ser. Y lo que es aún peor:
no tengo ni idea de quien soy en realidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario