Todo puede cambiar
en un instante. Cambia en el instante en que la naturaleza se expresa con furia.
Es un paraíso. Belleza. Aire puro. Silencio. Temperatura
templada, brisa suave. Desde unos mil metros de altura, en este volcán surgido
por un estallido reciente de la naturaleza, puedo ver el mar, muy cercano en un
mapa sin relieve. Isla Bonita, separada lo suficiente del resto del mundo para
poder sentirnos ajenos a él. Sólo nosotros disfrutando de ello. Sólo nosotros,
con nadie nos habíamos cruzado desde que habíamos empezado a subir. Un martes
cualquiera, en una época poco turística. Sólo nosotros…si es que somos un
nosotros. ¿Y si no lo somos, podremos volver a serlo? Quizá el dolor nos lo impida. Quizá sólo somos tú y yo, separados. O en el
peor de los caso tu contra mí. Puede que ese dolor, y todo lo malo que le
acompaña nos haga indignos de este paraíso.
Nos miramos. La belleza, la calma, nos ha hecho sonreír a
los dos. Nos reconocemos. Ella desvía la mirada. La paz exterior no produce una
milagrosa recuperación. Basta un pequeño momento de proximidad para que todo el
pasado vuelve con su terrible peso, convirtiendo el presente en algo extraño,
onírico, convirtiendo el futuro, hasta el más cercano, en algo tan imprevisible
como temible. Ese dolor, y sus malas compañías nos hace indignos de este
paraíso.
Todo puede cambiar
en un instante. Cambia en el instante en que se produce una llamada inesperada.
Ascendemos sin apenas hablar. Tampoco hemos hablado mucho en
estos dos días en la Isla. En este viaje que ella propuso por sorpresa, después
de tanto tiempo separados, después de más de un año sin hablar. Después de esa
eternidad habitando mi infierno privado.
Había pensado mucho en que la diría si es que volvía a
llamar, lo que dudaba. Cuando ocurrió me sentí incapaz de hablar. Excepto para
pronunciar un sí que respondía a esa proposición. Es lo único que vino a mi
boca. Sólo después de colgar, me pregunté el motivo de esa llamada después de
tanto tiempo. ¿De verdad quería que intentáramos volver?
Todo puede cambiar
en un instante. Cambia en el instante en el que alguien aparece o desaparece.
Ella sube con facilidad. Me cuenta que está en forma. Que
después de…que hace un tiempo empezó a correr, y que ahora hace muchos
kilómetros a la semana, y sábados y domingos va la sierra. Para ella es fácil
esta marcha de casi 20 kilómetros con un fuerte ascenso que propuso con ilusión.
Para mí, que tanto me he descuidado en los últimos meses, que tan poco me he
preocupado por mí, es un enorme esfuerzo. Quizá para Patricia esto no es sólo
un recorrido que disfrutar. También es parte de la penitencia que debo cumplir.
Mientras camina delante de mí, yo sigo pensando. Sigo preguntándome
si ha cambiado en algo lo que sentía, y también que siento yo. Estos dos días
en La Palma, hemos mantenido la distancia suficiente para no hacernos daño, o
no mucho, espacio conveniente para poder ocultar casi todo al otro. Aun no sé
si estoy con aquella que me quiso o con aquella que me odió. Con aquella que
deseó que desapareciera de su vida. Que dijo que quería que debía haber sido la
víctima, el que ya no estuviera. Que, al menos, durante un instante deseó mi
muerte, o la creyó desear.
El camino llega a una recta desde la que se puede contemplar
un gran panorama.
- Déjame que te haga una foto. – me dice Patricia. Yo acepto
obediente. – Sonríe –sonrío. Ella busca el encuadre. Levanta la vista del móvil.
Lo guarda. Saca de la mochila unos pequeños prismáticos. Mira por ellos hacia
abajo, en dirección al camino que dejamos atrás.
-Vamos a seguir. Vamos, deprisa. –me dice agitada.
- ¿Qué pasa Patricia? – No me contesta. Miro atrás. A un
kilómetro, quizá menos, hay un hombre. Parece alto y joven. Es lo máximo que
puedo distinguir.
Patricia ha acelerado mucho el paso. En un momento, se ha
distanciado 20 metros
- ¿Quién es? – pregunto. Ella no me oye, o simula no oírme.
-¿Le conoces? – repito casi gritando, enojado.
- Es el tipo extraño de ayer -responde también con enojo.
- ¿Le conoces? ¿Qué quiere?
- Luego te cuento- Se intenta calmar.
Camina muy rápido. Me cuesta seguirla. Me siento confundido.
Asustado.Irritado.
Nuestra tranquila excursión se ha transformado en una huida.
¿Huyendo de quién? Recuerdo vagamente al individuo de ayer. Un tipo que
paseando por La Palma, se acercó a nosotros, diciendo que creía conocer a
Patricia. Ella dijo que se equivocaba, y se mostró muy afectada. Me agarró del
brazo y le dejamos atrás casi corriendo.
-“Un loco”- me dijo.
No pregunté. Es sólo una más de las preguntas que he reprimido estos días.
Vamos a atravesar unas nubes, que han sido detenidas por el
volcán.
Todo puede cambiar en un
instante. Cambia en el instante en que se cae en desgracia.
Ella no está dispuesta a darme explicaciones. No ahora, al
menos. Ella se cree siempre con derecho a guardar silencio, aunque yo le cuente
todo. Ella es reservada y cree que los demás tenemos que respetar eso, no
agredirla. Ella es la sensible, aquella a la que se hace daño, con la que hay
que tener cuidado. Yo también sufrí. Tú hiciste lo más fácil. Descargar en mi
toda la rabia y el dolor, por una pérdida incomprensible, por una injusta
desgracia. Abandonarme cuando más te necesitaba. A mi terrible dolor sumaste tu
desprecio. Tú que podías haber sido mi única salvación. Te odié por eso. Te
odié tanto como deseé que volvieras.
Todo puede cambiar en un
instante. Cambia en el instante en que se produce un accidente fatal.
Ando lo más rápido que puedo. Me esfuerzo al máximo, no por miedo a lo que me pueda ocurrir a mí, sino por no ser responsable de que algo malo le ocurra a alguien querido por mí. No, no otra vez.
Yo conducía. Un cruce. Estaba deseando llegar a casa. Muy cansado. Un día duro en el trabajo. Y luego aguantar un cumpleaños con veinte niños al que habían invitado a Marcos, mi hijo, el hijo de Patricia.
Yo conducía. Un cruce. Estaba deseando llegar a casa. Muy cansado. Un día duro en el trabajo. Y luego aguantar un cumpleaños con veinte niños al que habían invitado a Marcos, mi hijo, el hijo de Patricia.
En cuanto el semáforo se puso en verde salí. No vi al coche
que venía muy rápido. Su conductor, al ver el ámbar, en lugar de frenar
aceleró. Si hubiera estado atento, si me hubiera dado cuenta, no habría habido
choque. Si el impacto hubiera sido medio segundo antes, habría afectado más a
la parte delantera de mi coche, y quizá yo no estaría pero Marcos sí.
No podía creerlo. No era posible que hubiera pasado. Tenía
que ser una pesadilla. Pero no lo era. Tuve que llamarte y contártelo. Verte
llegar llorando. Tú rechazaste mi abrazo.
Entiendo que me quisieras castigar. Que dominada por el
dolor y la desesperación, quisieras hacerme daño o incluso acabar conmigo. Te
fallé, no supe proteger a nuestro hijo. Cuando las consecuencias son tan
terribles, un mínimo error puedo merecer un gran castigo. Así lo pensé yo
también, y me planteé ser yo mismo quien ejecutará mi pena. No me atreví. Lo que no puedo comprender, lo que me parece
cruel, es que me condenaras a un prolongado y solitario encierro en mi dolor.
Todo puede cambiar
en un instante. Cambia en el instante en que se pierde la confianza y se
empieza a sospechar.
La visibilidad ahora es muy limitada. Pierdo de vista a
Patricia.
No sé por qué él es una amenaza. Me altero. Siempre he
tenido mucha imaginación, y cuando no la controlo crea extrañas historias ¿Por
qué estamos huyendo? ¿Patricia tiene enemigos?
Pero ¿y si el peligro no lo corre ella sino yo? Para mi
tiene más sentido que este viaje haya sido un plan para ejecutar un castigo que
un intento de volver a acercarnos. Este es un lugar ideal, sin testigos. Fácil presentarlo
como un accidente.
¿Pero entonces por qué me advierte y me anima a
escapar? ¿No se conforma con la
ejecución, quiere ver mi miedo? ¿Aprovechará las nubes para dejarme sólo?
- ¡Patricia! –grito. Pasan unos segundos. Cuando estoy a
punto de repetir su nombre, aparece.
Se podía haber ido, y no lo ha hecho. Me anima y me pide que
siga que ya no queda mucho. Parece preocupada. Si tiene miedo, si se siente en
peligro, podría huir mucho más rápido sin mí, y si no me deja atrás es que le
importo.
Todo puede cambiar en un
instante. Cambia en el instante en el que uno siente que es importante para
alguien querido.
Hemos superado las nubes. Recuperamos el brillo del sol.
Pero aún nos queda bastante por ascender. Y yo no puedo más.
Ahora que la visibilidad es mayor podemos mirar atrás y descubrimos que está
más cerca.
Le pregunto a Patricia si no es mejor que le espere y me
enfrente a él.
- ¡No! Es peligroso -
me dice.
- ¿Pero por qué estás tan segura Patricia? ¿De qué le
conoces? Dímelo por favor. – Le pregunto, le pido, esta vez con dulzura.
- Necesitaba a alguien Juan, y no podías ser tú. Apareció en
el momento oportuno, me dejé llevar. Pronto me di cuenta de como era de verdad.
Rompí con él pero no dejado de acosarme. Incluso me ha amenazado por teléfono.
Debí denunciarlo, pero no tenía pruebas suficientes y pensé que se quedaría en
palabras. Cuando le vi ayer…no sé como supo que íbamos a venir aquí.
No podíamos pedir ahora ayuda. Tardaría mucho y no podíamos
esperar, ni prever donde estaríamos cuando ellos llegaron. Eso si se tomaban en
serio nuestro presunto peligro.
- Entonces vete tú, déjame a mí. Puedes ir mucho más rápido
sin mí.
- No. No pienso dejarte. Vamos cariño, ya no queda mucho por
subir. Luego bajamos unos kilómetros y podremos salir a una carretera.
Escaparemos, llamaremos a la policía y esto acabará.
Cariño. Eso me da energía.
Me esfuerzo todo lo que soy capaz. La pendiente es grande,
el terreno pasa de arena volcánica a gravilla. Me cuesta mucho impulsar. No
tengo ni fuerzas ni el calzado adecuado. Un par de veces los pies se me van
hacia abajo, en lugar de ascender. Patricia me anima. Me dice que lo que estoy
haciendo muy bien, que ya queda poco. Me ofrece su mano para tirar de mí los
últimos metros de ascenso.
Todo puede cambiar en un
instante.
Alcanzamos el punto más alto, pero el esfuerzo no acaba ahí.
Un descenso de unos 5 kilómetros nos separa de nuestro objetivo. Él sigue
reduciendo la distancia.
Patricia corre con gran facilidad, ligera y segura, y yo con
torpeza, temiendo caer. Me falta la técnica y experiencia que ella tiene. El
cansancio, el miedo, sentirme responsable de lo que nos pueda ocurrir, aumentan
mi inseguridad.
El camino se vuelve peligroso. Bordeamos un profundo
barranco. Mi cabeza me dice que debo asumir riesgos, mi cuerpo toma
precauciones.
Mirando hacia abajo veo la frontera marcada por las nubes. A
esa altura está el refugio, la salvación, nuestro futuro.
Me vuelvo atrás. Está cada vez más cerca. Nos alcanzará muy
pronto.
Patricia, grita mi nombre. No respondo. Ella vuelve atrás y
me ve en el suelo.
– Sigue- le digo
–Sigue. Creo que me he roto un tobillo, no puedo moverme. Lo mejor que puedes
hacer ahora es continuar bajando y pedir ayuda. Bajas como nadie, no te
atrapará.
- No, le haré frente. Es mi culpa. Yo me encargaré de él. No
te voy a abandonar.
Ella se queda conmigo. ¡Se queda!
Ella se queda conmigo. ¡Se queda!
Ambos miramos, esperando verle aparecer desde la niebla.
Llega pronto. Me mira a mí. La mira a ella.
- Patricia, ¿por qué escapas? – Está muy cerca de mí.
- A él déjalo en paz- ordena Patricia.
- ¿Quieres protegerle? ¿Después de todo lo que dijiste de
él, quieres protegerle? – pregunta acercándose a ella, dejándome atrás. -No
puedo creerte. No te merece. Sabes que quieres estar conmigo. Él se quedará aquí, que se las arregle como
pueda.
– Déjame- Patricia se defiende lanzando golpes al aire.
– Vamos, no me trates así. No me hagas luchar. Me vas a
obligar a hacerte daño.
No me oye levantarme, ni acercarme. No dudo; protegerla es
la única idea en mi mente. Le empujo con todas mis fuerzas. El grita y cae por
la ladera. No sé dónde se detiene, ni en que estado queda. Las nubes me impiden
verlo.
Me acerco a Patricia. Le doy un abrazo, ella me lo devuelve.
Juntos, reemprendemos el camino.