sábado, 21 de mayo de 2016

Todo puede cambiar en un instante




Todo puede cambiar en un instante. Cambia en el instante en que la naturaleza se expresa con furia.
Es un paraíso. Belleza. Aire puro. Silencio. Temperatura templada, brisa suave. Desde unos mil metros de altura, en este volcán surgido por un estallido reciente de la naturaleza, puedo ver el mar, muy cercano en un mapa sin relieve. Isla Bonita, separada lo suficiente del resto del mundo para poder sentirnos ajenos a él. Sólo nosotros disfrutando de ello. Sólo nosotros, con nadie nos habíamos cruzado desde que habíamos empezado a subir. Un martes cualquiera, en una época poco turística. Sólo nosotros…si es que somos un nosotros. ¿Y si no lo somos, podremos volver a serlo? Quizá el dolor nos lo impida.  Quizá sólo somos tú y yo, separados. O en el peor de los caso tu contra mí. Puede que ese dolor, y todo lo malo que le acompaña nos haga indignos de este paraíso.
Nos miramos. La belleza, la calma, nos ha hecho sonreír a los dos. Nos reconocemos. Ella desvía la mirada. La paz exterior no produce una milagrosa recuperación. Basta un pequeño momento de proximidad para que todo el pasado vuelve con su terrible peso, convirtiendo el presente en algo extraño, onírico, convirtiendo el futuro, hasta el más cercano, en algo tan imprevisible como temible. Ese dolor, y sus malas compañías nos hace indignos de este paraíso.

Todo puede cambiar en un instante. Cambia en el instante en que se produce una llamada inesperada.
Ascendemos sin apenas hablar. Tampoco hemos hablado mucho en estos dos días en la Isla. En este viaje que ella propuso por sorpresa, después de tanto tiempo separados, después de más de un año sin hablar. Después de esa eternidad habitando mi infierno privado.  
Había pensado mucho en que la diría si es que volvía a llamar, lo que dudaba. Cuando ocurrió me sentí incapaz de hablar. Excepto para pronunciar un sí que respondía a esa proposición. Es lo único que vino a mi boca. Sólo después de colgar, me pregunté el motivo de esa llamada después de tanto tiempo. ¿De verdad quería que intentáramos volver?

Todo puede cambiar en un instante. Cambia en el instante en el que alguien aparece o desaparece.
Ella sube con facilidad. Me cuenta que está en forma. Que después de…que hace un tiempo empezó a correr, y que ahora hace muchos kilómetros a la semana, y sábados y domingos va la sierra. Para ella es fácil esta marcha de casi 20 kilómetros con un fuerte ascenso que propuso con ilusión. Para mí, que tanto me he descuidado en los últimos meses, que tan poco me he preocupado por mí, es un enorme esfuerzo. Quizá para Patricia esto no es sólo un recorrido que disfrutar. También es parte de la penitencia que debo cumplir.  
Mientras camina delante de mí, yo sigo pensando. Sigo preguntándome si ha cambiado en algo lo que sentía, y también que siento yo. Estos dos días en La Palma, hemos mantenido la distancia suficiente para no hacernos daño, o no mucho, espacio conveniente para poder ocultar casi todo al otro. Aun no sé si estoy con aquella que me quiso o con aquella que me odió. Con aquella que deseó que desapareciera de su vida. Que dijo que quería que debía haber sido la víctima, el que ya no estuviera. Que, al menos, durante un instante deseó mi muerte, o la creyó desear.
El camino llega a una recta desde la que se puede contemplar un gran panorama.
- Déjame que te haga una foto. – me dice Patricia. Yo acepto obediente. – Sonríe –sonrío. Ella busca el encuadre. Levanta la vista del móvil. Lo guarda. Saca de la mochila unos pequeños prismáticos. Mira por ellos hacia abajo, en dirección al camino que dejamos atrás.
-Vamos a seguir. Vamos, deprisa. –me dice agitada.  
- ¿Qué pasa Patricia? – No me contesta. Miro atrás. A un kilómetro, quizá menos, hay un hombre. Parece alto y joven. Es lo máximo que puedo distinguir.
Patricia ha acelerado mucho el paso. En un momento, se ha distanciado 20 metros
- ¿Quién es? – pregunto. Ella no me oye, o simula no oírme. -¿Le conoces? – repito casi gritando, enojado.
- Es el tipo extraño de ayer -responde también con enojo.
- ¿Le conoces? ¿Qué quiere?
- Luego te cuento- Se intenta calmar.
Camina muy rápido. Me cuesta seguirla. Me siento confundido. Asustado.Irritado.
Nuestra tranquila excursión se ha transformado en una huida. ¿Huyendo de quién? Recuerdo vagamente al individuo de ayer. Un tipo que paseando por La Palma, se acercó a nosotros, diciendo que creía conocer a Patricia. Ella dijo que se equivocaba, y se mostró muy afectada. Me agarró del brazo y le dejamos atrás casi corriendo.
 -“Un loco”- me dijo. No pregunté. Es sólo una más de las preguntas que he reprimido estos días.
Vamos a atravesar unas nubes, que han sido detenidas por el volcán.

Todo puede cambiar en un instante. Cambia en el instante en que se cae en desgracia.
Ella no está dispuesta a darme explicaciones. No ahora, al menos. Ella se cree siempre con derecho a guardar silencio, aunque yo le cuente todo. Ella es reservada y cree que los demás tenemos que respetar eso, no agredirla. Ella es la sensible, aquella a la que se hace daño, con la que hay que tener cuidado. Yo también sufrí. Tú hiciste lo más fácil. Descargar en mi toda la rabia y el dolor, por una pérdida incomprensible, por una injusta desgracia. Abandonarme cuando más te necesitaba. A mi terrible dolor sumaste tu desprecio. Tú que podías haber sido mi única salvación. Te odié por eso. Te odié tanto como deseé que volvieras.

Todo puede cambiar en un instante. Cambia en el instante en que se produce un accidente fatal.
Ando lo más rápido que puedo. Me esfuerzo al máximo, no por miedo a lo que me pueda ocurrir a mí, sino por no ser responsable de que algo malo le ocurra a alguien querido por mí. No, no otra vez.

Yo conducía. Un cruce. Estaba deseando llegar a casa. Muy cansado. Un día duro en el trabajo. Y luego aguantar un cumpleaños con veinte niños al que habían invitado a Marcos, mi hijo, el hijo de Patricia.
En cuanto el semáforo se puso en verde salí. No vi al coche que venía muy rápido. Su conductor, al ver el ámbar, en lugar de frenar aceleró. Si hubiera estado atento, si me hubiera dado cuenta, no habría habido choque. Si el impacto hubiera sido medio segundo antes, habría afectado más a la parte delantera de mi coche, y quizá yo no estaría pero Marcos sí.
No podía creerlo. No era posible que hubiera pasado. Tenía que ser una pesadilla. Pero no lo era. Tuve que llamarte y contártelo. Verte llegar llorando. Tú rechazaste mi abrazo.
Entiendo que me quisieras castigar. Que dominada por el dolor y la desesperación, quisieras hacerme daño o incluso acabar conmigo. Te fallé, no supe proteger a nuestro hijo. Cuando las consecuencias son tan terribles, un mínimo error puedo merecer un gran castigo. Así lo pensé yo también, y me planteé ser yo mismo quien ejecutará mi pena. No me atreví.  Lo que no puedo comprender, lo que me parece cruel, es que me condenaras a un prolongado y solitario encierro en mi dolor.

Todo puede cambiar en un instante. Cambia en el instante en que se pierde la confianza y se empieza a sospechar.
La visibilidad ahora es muy limitada. Pierdo de vista a Patricia.
No sé por qué él es una amenaza. Me altero. Siempre he tenido mucha imaginación, y cuando no la controlo crea extrañas historias ¿Por qué estamos huyendo? ¿Patricia tiene enemigos?
Pero ¿y si el peligro no lo corre ella sino yo? Para mi tiene más sentido que este viaje haya sido un plan para ejecutar un castigo que un intento de volver a acercarnos. Este es un lugar ideal, sin testigos. Fácil presentarlo como un accidente.
¿Pero entonces por qué me advierte y me anima a escapar?  ¿No se conforma con la ejecución, quiere ver mi miedo? ¿Aprovechará las nubes para dejarme sólo?
- ¡Patricia! –grito. Pasan unos segundos. Cuando estoy a punto de repetir su nombre, aparece.
Se podía haber ido, y no lo ha hecho. Me anima y me pide que siga que ya no queda mucho. Parece preocupada. Si tiene miedo, si se siente en peligro, podría huir mucho más rápido sin mí, y si no me deja atrás es que le importo.

Todo puede cambiar en un instante. Cambia en el instante en el que uno siente que es importante para alguien querido.
Hemos superado las nubes. Recuperamos el brillo del sol.
Pero aún nos queda bastante por ascender. Y yo no puedo más. Ahora que la visibilidad es mayor podemos mirar atrás y descubrimos que está más cerca.
Le pregunto a Patricia si no es mejor que le espere y me enfrente a él.
 - ¡No! Es peligroso - me dice.
- ¿Pero por qué estás tan segura Patricia? ¿De qué le conoces? Dímelo por favor. – Le pregunto, le pido, esta vez con dulzura.
- Necesitaba a alguien Juan, y no podías ser tú. Apareció en el momento oportuno, me dejé llevar. Pronto me di cuenta de como era de verdad. Rompí con él pero no dejado de acosarme. Incluso me ha amenazado por teléfono. Debí denunciarlo, pero no tenía pruebas suficientes y pensé que se quedaría en palabras. Cuando le vi ayer…no sé como supo que íbamos a venir aquí.
No podíamos pedir ahora ayuda. Tardaría mucho y no podíamos esperar, ni prever donde estaríamos cuando ellos llegaron. Eso si se tomaban en serio nuestro presunto peligro.
- Entonces vete tú, déjame a mí. Puedes ir mucho más rápido sin mí.
- No. No pienso dejarte. Vamos cariño, ya no queda mucho por subir. Luego bajamos unos kilómetros y podremos salir a una carretera. Escaparemos, llamaremos a la policía y esto acabará.
Cariño. Eso me da energía.
Me esfuerzo todo lo que soy capaz. La pendiente es grande, el terreno pasa de arena volcánica a gravilla. Me cuesta mucho impulsar. No tengo ni fuerzas ni el calzado adecuado. Un par de veces los pies se me van hacia abajo, en lugar de ascender. Patricia me anima. Me dice que lo que estoy haciendo muy bien, que ya queda poco. Me ofrece su mano para tirar de mí los últimos metros de ascenso.

Todo puede cambiar en un instante.
Alcanzamos el punto más alto, pero el esfuerzo no acaba ahí. Un descenso de unos 5 kilómetros nos separa de nuestro objetivo. Él sigue reduciendo la distancia.
Patricia corre con gran facilidad, ligera y segura, y yo con torpeza, temiendo caer. Me falta la técnica y experiencia que ella tiene. El cansancio, el miedo, sentirme responsable de lo que nos pueda ocurrir, aumentan mi inseguridad.
El camino se vuelve peligroso. Bordeamos un profundo barranco. Mi cabeza me dice que debo asumir riesgos, mi cuerpo toma precauciones.
Mirando hacia abajo veo la frontera marcada por las nubes. A esa altura está el refugio, la salvación, nuestro futuro.
Me vuelvo atrás. Está cada vez más cerca. Nos alcanzará muy pronto.

Patricia, grita mi nombre. No respondo. Ella vuelve atrás y me ve en el suelo.
 – Sigue- le digo –Sigue. Creo que me he roto un tobillo, no puedo moverme. Lo mejor que puedes hacer ahora es continuar bajando y pedir ayuda. Bajas como nadie, no te atrapará.
- No, le haré frente. Es mi culpa. Yo me encargaré de él. No te voy a abandonar.
Ella se queda conmigo. ¡Se queda!
Ambos miramos, esperando verle aparecer desde la niebla. Llega pronto. Me mira a mí. La mira a ella.
- Patricia, ¿por qué escapas? – Está muy cerca de mí.
- A él déjalo en paz- ordena Patricia.
- ¿Quieres protegerle? ¿Después de todo lo que dijiste de él, quieres protegerle? – pregunta acercándose a ella, dejándome atrás. -No puedo creerte. No te merece. Sabes que quieres estar conmigo.  Él se quedará aquí, que se las arregle como pueda.
– Déjame- Patricia se defiende lanzando golpes al aire.
– Vamos, no me trates así. No me hagas luchar. Me vas a obligar a hacerte daño.
No me oye levantarme, ni acercarme. No dudo; protegerla es la única idea en mi mente. Le empujo con todas mis fuerzas. El grita y cae por la ladera. No sé dónde se detiene, ni en que estado queda. Las nubes me impiden verlo.
Me acerco a Patricia. Le doy un abrazo, ella me lo devuelve. Juntos, reemprendemos el camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario