jueves, 6 de octubre de 2016

Carmen

Pobres niños. Les echaré mucho de menos, pero tiene razón mi madre, es mejor que pasen con ellos la noche, que no vaya a recogerlos al volver del hospital. Que se queden esta noche, al menos, quizá alguna más. Hasta que esto acabe, de una manera o de otra. Mi madre cree que será bueno para mí, que sola podré descansar y estar más tranquilla. En eso se equivoca, no me encuentro nada bien cuando me quedo sola y me dedico a pensar.
En lo que sí acierta en que ellos, los niños, se distraerán. Que sufren y se preocupan porque me ven nerviosa, triste. Sobre todo Emma. Quique es demasiado pequeño aún. Pero Emma, mi dulce Emma, se da cuenta de todo. Es muy sensible. Lo intento pero no puedo. Trato de respirar y actuar con calma y ser convincente cuando les digo que lo que le ocurre a su padre no es nada grave, que pronto volverá, que no pueden ir a verle porque donde está no dejan entrar a los niños, para que no se pongan malitos. Pero no soy capaz. No me domino. Es demasiado fuerte la emoción cuando hablo de él.
Se enfadaría si me viera fumando. Lo dejé por él. Notaba que le molestaba que lo hiciera, y él a mí me gustaba tanto…He tomado muchas decisiones, casi todas, pensando en él, en como valoraría lo que hiciera. Me hizo recuperar la sonrisa y el ánimo. Él consiguió, y aún consigue que desee ser más guapa, más lista, más inteligente, mejor amante...Me propuse que siempre me mirara como cuando me dio el primer beso. Ese beso con torpe delicadeza, con cariño apresurado. Me hizo sentir que no podía contenerse, que era algo que había estado deseando con intensidad desde hace tiempo.
Él no me pide ningún cambio expresamente, pero el agrado o desagrado que muestra, lo que opina de otros, lo que dice que le gusta o le molesta, rige mi conducta. A veces me enfado con él porque creo que no consigo cumplir sus expectativas, por mucho que me esfuerce. El que no ha dicho nada, o cree no haberlo dicho, se sorprende de mi reacción.
El tráfico está horrible. Lo esperaba en un día de lluvia. En parte me alegro, quiero estar el menor tiempo posible en el hospital. Pero tampoco quiero llegar demasiado tarde y perderme la visita. Tú en este atasco estarías tan tranquilo, como siempre tan tranquilo. Gracias a eso me serenas y me das paz, aunque a veces me pregunto si algo o alguien te importaba de verdad.
Quince minutos hasta que sea la hora. Tengo que ir a la sala de espera. Estarán ya sus padres, claro. Su madre me saludará correcta pero fría. Como siempre ha sido conmigo. Sé que piensa que no soy lo suficientemente buena para su hijo. Me duele, pero, siendo honesta, tampoco puedo culparla. Yo misma lo he pensado muchas veces.
Ella hace grandes demostraciones de su preocupación y su dolor. Seguro que luego le dice a su marido que yo parezco muy poco afectada, con lo grave que es la situación.
Después del saludo, apenas hablamos. Se me hace eterno el tiempo el tiempo allí. Si simplemente entrar en un hospital ya me hace sentir agobiaba, esa sala de espera de la UCI, llena de gente, en la que se siente dolor, tristeza, y la cercanía de la muerte, me hace sentir físicamente enferma. Me abrazo, me encojo, y trato de mirar a aquellos que parecen más relajados, a los que saben que el suyo, aquel que viene a visitar, saldrá pronto de allí, que pronto ganará fuerzas y se recuperará.   
Ya nos toca, pasamos. Mi suegra le habla. Y me mira esperando que yo también lo haga. No soy capaz. No puedo apenas mirarle. Me rompo por dentro. Siento mucho más de lo que ella puede imaginar. No sólo siento dolor, no sólo siento tristeza, siento vergüenza, siento culpa. Una terrible culpa.
No quería hacerte daño, te lo prometo. Sólo quería recuperarte o al menos retenerte. Te necesito tanto, eres tan importante. Demasiado importante. Y esta vez estaba segura que podía perderte.
Siempre lo he temido, es verdad. Ha sido la principal razón de nuestras discusiones, desde que empezamos a salir. Tú me reprochabas mis celos, decías que todo estaba en mi cabeza. Qué debía dejar de pensar así, y no solo por él, por mí misma, porque sufría sin motivo. Y yo acababa reconociendo que sí, que era mi imaginación, y te pedía perdón. Sabía que era muy insegura, quien puede no serlo no cuando depende tanto de lo que no puede controlar. Trataba de contenerme. Trataba de dominar mis temores por el miedo a que te hartaras de mis celos y decidieras dejarme.
Miedo intentando dominar el miedo. Miedo que es incapaz de convivir con la confianza, aunque sea motivo para aparentarla. Creo que he sido una buena actriz en general, aunque haya tenido motivos de debilidad. Diría que tú pensaste que ya no sospechaba. Pero nunca he dejado de buscar pruebas de que no me querías, de que estabas con otra. Pruebas que no he encontrado hasta hace unas semanas.
No imaginas cuanto me dolió. Pensé en irme pero sólo fue un instante. Como podría estar sin ti. Estuve muchas veces a punto de estallar. De llamarte mentiroso y golpearte. Pero no lo hice. No lo hice aunque eso estuvo a punto de llevarme a la locura. No lo hice porque después de eso no podríamos continuar.
No fue venganza. A pesar de todo no te odio, o mucho menos de lo que te amo, de lo que te necesito. No pretendía causarte un daño grave. Sólo lo suficiente para que estuvieras cansado, para que no te apeteciera salir, para que te quedaras en casa y yo pudiera cuidarte. De algo debía servirme mi licenciatura en químicas.
Y lo conseguí, tuvo efecto. Creo que conseguí recuperarte. Pero temí volverte a perderte cuando dejara de hacer efecto, y aunque la dosis fue muy reducida, la prolongué durante demasiado tiempo.
No debe ser fácil para el doctor decirnos, otra vez, que están haciendo todo lo posible, pero que lamentablemente no han llegado a averiguar cuál es la causa, el origen.  Y yo no sé cómo esconder mi rostro lleno de culpa. Tal vez si estuviera sola confesaría. Tal vez sola con el médico me atrevería. Pero con su madre al lado. O quizá no. Seguramente sola tampoco diría nada. Soy una cobarde. Y estoy muy cerca de ser una asesina.
Salgo del hospital. Me despido apresuradamente de mis suegros. No sé qué voy a hacer esta noche. Me pongo a conducir sin destino.
¿Quién me llama? Es el hospital. ¿De verdad, creen saber la causa? ¿Será muy largo el tratamiento? ¿Se recuperará completamente? Sí, es muy raro. No tengo ni idea de cómo…Claro, contestaré sus preguntas. Sí, sí, entiendo que tengan que informar a la policía.
Tengo mucho miedo. Pero me siento también liberada. Espero que los niños estén bien sin mí.

martes, 4 de octubre de 2016

Olga

Lunes. Empezó como un lunes cualquiera. Como un lunes que iniciaba la rutina semanal. Ese lunes, deseé nada más despertarme que mi vida cambiara. No sabía cómo podría ser ese cambio. Aparte de que a esa hora no estaba para un diseño detallado, parece lógico que cuanto más específico sea el deseo menor será la probabilidad de que se cumpla. Yo sólo pedía un resultado: que fuera lunes, sonara el despertador y me sintiera bien. Puede que fuera porque había un motivo que me impulsaba a levantarme con mucha ilusión. Aunque era más probable es que el bienestar se debiera a que podía ignorar por completo al despertador y quedarme en la cama tan a gusto. No tenía mucha costumbre de desear, y quizá por ello lo hice con demasiada intensidad.
En el trabajo solo esperaba que la jornada transcurriera aburrida pero tranquila, que pudiera pasar por ella medio dormido. Pero no. Ese lunes mi jefe recibió una llamada que le puso nervioso. Se vio obligado a hacer la única actividad laboral para la que estaba capacitado: culpar a otros de los problemas. Esta vez el principal acusado fui yo. Me llevé una bronca que me hizo sentir mal conmigo mismo. Había fallado, había descuidado mi misión en la empresa: hacer lo justo para pasar inadvertido. Me había acomodado demasiado en mi pereza.  Así que ese lunes, y quizá algún día más tendría que trabajar, mucho más de lo habitual pero no tanto como era capaz, claro. Si lo hacía y se daban cuenta, me exigirían ese mismo rendimiento todos los días.  
Fui el blanco principal pero no el único. Mis compañeros también recibieron castigo, lo que inició  un forzado estallido de indignación. Tuve que utilizar mis mejores habilidades para conseguir que ellos creyeran que yo estaba con ellos y permanecer lo más lejos posible del ruido de gallinero y la furia de juguete. Viva la revolución, pero estaría genial que montarais las barricadas más cerca de palacio, quiero decir, de los despachos de la dirección.
De vuelta a casa, el metro lleno. Una mochila empujando mi espalda durante un buen tiempo hasta que conseguí conquistar un espacio libre. No soporto a la gente que hace sufrir a los demás el peso de su carga. Y ésta por qué me empuja. Sí, corra princesa a su asiento reservado a adolescentes egocéntricos. Así puede enviar con más comodidad caritas llenas de emociones mientras su rostro sólo refleja abulia y estulticia.
Tenía muchas, muchas ganas de llegar a casa. Pero para recuperar el equilibrio no me bastaría con sentarme en el sofá y ver una serie. Necesitaría una buena compañía. Una que me proporcionara paz, que me reconciliara con el universo.
Olga la única ­compañía que tenía en casa desde hace mucho tiempo.  Desde que decidí no volver a decepcionar a una mujer que no me ilusionara.
Olga es una gata. Pero no mi gata. No era su amo. Le daba de comer, le daba refugio cuando lo buscaba…Era el propietario de su hotel preferido. Aunque me gustaba pensar que no solo eso; también un aliado, o mejor, un dios menor. Pero no un amo.
Esperaba que ese día me hubiera ido a visitar. Que estuviera en la terraza esperándome. Impaciente. Qué cuando llegara, me mirara comunicando su fastidio y su queja porque hubiera tardado tanto. Qué entrara hasta la cocina, literalmente. Y que después de darle de comer, se sentara a mi lado, en su lugar favorito del sofá y se dejara acariciar. No siempre lo permitía. A veces se mostraba arisca y quería irse según acababa su comida. Me dejaba claro que no sentía obligada a mostrarse agradecida, que no me necesitaba. Se las arreglaría perfectamente sin mí. Si venía era por lo que me apetecía. Eso me hacía sentir que me elegía, aunque fuera sólo en ocasiones, y que cuando estaba a mi lado no era por interés. Además no tenía que sentirme responsable de ella. Era probablemente la relación perfecta para mí.
Llegué a casa. Caminé por mi corto pasillo nervioso. Me dirigí a la terraza, la abrí, y allí estaba ella. Pero no, no era la gata Olga. Era una mujer joven. Desnuda.
Yo esperaba paz y reposo ahora me sentía confuso, nervioso, sorprendido. La miraba, como podía evitarlo, aunque me sentía un tanto incómodo haciéndolo. Muy delgada. Larga melena morena. Ojos verdes. A cuatro patas. Y un collar, en el que estaba escrito “Olga”.
El collar que yo le puse a una gata y que mujer quería quitarse. Aunque no era muy rígido debía molestarle bastante. La ayudé. Era la respuesta. La respuesta a quien era ella, y porque estaba allí. Era una respuesta que, atendiendo a las pistas, parecía razonable. Salvo porque era imposible, claro. A pesar de eso, la acepté.
¿Qué podía hacer con esa mujer que antes era gata? Que estaba asustada, que se miraba las manos, los brazos, las piernas…que parecía pedirme respuestas. Yo no estaba preparado para afrontar esa situación. Desde luego el universo era un bromista cruel; yo era el menos adecuado para gestionar un milagro. Y menos un lunes. Ese lunes.
Los dos entramos en casa, ella gateando. Me pareció poco apropiado que estuviera desnuda. Intenté ponerla algo de ropa. Pero desistí después de llevarme un par de profundos arañazos.
Seguramente estaba hambrienta. La Olga gata siempre lo estaba. La puse para comer unas salchichas, algo que me pareció más humano, pero ella las rechazó. Con bastante reparo le serví comida de gato. Pero a ella pareció gustarla tanto como siempre. Me sentí muy raro viéndola comer con el plato en el suelo, utilizando la boca con avidez, y sus manos torpemente. Me tranquilizó un poco pensar que no era una comida de gatos vulgar. La etiqueta y el precio sugerían que muchos humanos desearían tener la oportunidad de disfrutar de esa comida.
Después de comer pareció tranquilizarse y fue al sofá. Me miró. Comprendí que no sólo buscaba comodidad. Quería también recibir caricias tranquilizadoras.  No puedo decir que fuera desagradable acariciar a esa mujer, joven y hermosa. Pero sentía que aquello no estaba bien, que era un extraño tipo de degenerado. Que practicaba una forma de depravación que hasta ese momento no se había dado en la historia de la humanidad. Y mira que es sucia la historia de la humanidad.
Tras un tiempo, para mi largo, de cuidadosas y recelosas caricias. Decidió que era hora de dormir. Utilizó su arena, y se echó en mi cama. Bueno, pensé que me tocaba dormir en el sofá. Pero ella con una mirada y un extraño sonido me hizo tumbarme a su lado. Ella se durmió con su cabeza pegada a mi hombro. Yo aún vestido de calle, no me podía dormir. Tampoco podía moverme. Sólo quedarme quieto, pensando. Pensando, en que pasaría. En que podía hacer con ella.
Tan dependiente. La tengo que enseñar todo, a veces pierdo la paciencia. Ella se enfada me araña. Pero va aprendiendo. ¡Muy bien Olga! Muy bien. Se alegra me acaricia.
No se lo puedo contar a nadie. Pensarían que estoy loco. Y si me creyeran aún peor. No voy a dejar que hagan extraños y dolorosos experimentos con Olga, y tampoco quiero participar en un programa de tarde de televisión.
Te tienes que poner algo Olga. Tienes que ir vestida, como las mujeres que ves en la tele .Te he traído algo, he pensado que te costaría menos ponerte esto, que lo verías más natural. Parece lo más apropiado para ti, vestir de Catwoman…la verdad, es que no he podido resistirme.
Ángel, sí ¡Ángel! Lo has dicho muy bien Olga. Qué maravilla, tu primera palabra mi nombre. Me siento muy importante.
Olga creo que deberías empezar a bañarte tú sola. No sabes lo hermosa que eres como mujer. Olga...¿Tú puedes sentir como yo? ¿Tú tienes deseos como yo?
¿Quieres salir? No sé si estás preparada. Tienes que estar siempre junto a mí y hacerme caso. No, el disfraz no. Sí que te ha gustado. ¡Olga! ¡Vuelve, no hagas eso! ¡Quieta! ¡Baja de ahí! Olga no, ¡No! No arañes. Perdona Sara. Vaya, estás sangrando. Discúlpala, es…una amiga. Está pasando un mal momento. ¡Olga no corras! No se preocupe señora, es que le tiene miedo a los perros, le mordió uno siendo niña y…Olga, te has portado muy mal. No vamos a poder salir. No, no te pongas ahora mimosa. No Olga, por favor. No sigas.
¿Tú sola? No sé, Olga, no sé. Es verdad, ya sabes hablar bien, sabes actuar. Pero aún hay tantas cosas que no conoces. No, no quiero tenerte prisionera. Sólo quiero protegerte. Creo que es mi responsabilidad. Soy tú…soy el que... soy el único que sabe tu origen. Está bien, sal, pero ten cuidado y vuelve pronto.
¿Dónde estabas ? Me tenías muy preocupado. ¿Cómo que quieres irte? ¿Dónde vas a ir? ¿y quién es? ¿Cómo es?  Olga, pero si estamos tan bien, tú y yo, juntos, solos. No debes confía en cualquiera. Hay mucha gente mala. Eres muy inocente. ¿Y yo, no te importo? ¿De verdad, me vas a dejar? No te vayas Olga.


Me desperté. Sólo en mi cama. La busqué, pero allí ya no estaba. Se había ido. O quizá no. No del todo. En la terraza una gata maullaba. 

lunes, 3 de octubre de 2016

PATRICIA

Hubo un largo e incómodo silencio. Todos me miraban; angustiosa expectación. En segundos, habían cambiado radicalmente de expresión. Las sonrisas o incluso risas, provocadas por la anticipación de mis palabras, se transformaron en gestos sorprendidos y tensos. No podían entenderlo. ¿Por qué no decía mi frase? La conocida y esperada, la que ya había aparecido tantas veces en las reuniones familiares. La que surgió por casualidad la primera vez, y que en otras ocasiones había sido recordada y solicitada. Mi marido me había dado la entrada…¿Por qué me había quedado callada?
Yo me sabía perfectamente el guión, por supuesto. Pero en ese instante me di cuenta de que no podía continuar con mi papel. La frase se quedó esperando en mi boca, pero no la dejé salir. Estuvo tanto tiempo allí que sentí que me estaba ahogando, tuve que levantarme e ir al baño.  
En él estoy ahora encerrada, tratando de tranquilizarme sin ningún éxito. Pensando cómo salir de esta situación. El problema es serio. No es sólo que no quiera decir frase. No es una cuestión de enfado con mi público, ni siquiera con parte de él. No es que prefiera ser considerada antipática a continuar siendo la protagonista de una tradición a la que ya no encuentro ninguna gracia. No. No es algo temporal, ni parcial. Es mucho más grave. No soy capaz de seguir siendo la que se espera que sea, la que ya no siento ser. Y lo que es aún peor: no tengo ni idea de quién soy en realidad.   
No sé cuánto tiempo pasé allí. Fue lo suficiente para que se preocuparan y me vinieran a buscar. Vino mi madre, y mi padre arrastrado por ella. No mi marido, ni mis hijos. Traté de tranquilizarme y salí. Vi a mi madre mirándome asustada. “Patricia estás muy pálida” “No es nada me he mareado un poco”. Mi padre, trató de rebajar tensión. “Uy, uy, uy, ¿no nos irás a dar una sorpresa, no?” No, no esa sorpresa en la que piensas. Afortunadamente. Con 44 años y tres hijos ya, la más pequeña de 14, no siento deseos de volver a ser madre de nuevo. En cuanto a otra sorpresa…no, no me sentí capaz de decir de verdad. De contar lo que había sentido. Una vez más callé. Cuando volví a la mesa, mi marido me miró sorprendido. Mis hijos parecían indiferentes; quizá tenían una leve mueca de disgusto, no estoy segura.
No hablé mucho más esa noche. No era capaz de explicar lo que me estaba ocurriendo, y no había espacio en mi cabeza para ningún otro pensamiento. Aunque hubiera tenido el valor, aunque hubiera tenido la confianza de contárselo a alguien, no creo que hubiera podido comprenderme. Ni siquiera era capaz de contármelo con claridad a mí misma. Mi mente había sufrido una explosión; ahora sólo había un doloroso caos. Lo que sí sabía eran las ideas detonantes: A Patricia no se la ve, a Patricia no se la conoce, Patricia se oculta, se oculta tanto, que ni yo sé bien quien es Patricia.
Toda la noche pensando. ¿Qué era lo que ellos veían? Un personaje. Un personaje que devuelve lo que los demás esperan de mí. Un personaje que nace desde fuera y no desde dentro. Que conseguía sonrisas, que evitaba conflictos. Que no provocaba sorpresas, y era siempre bien recibido por esperado. Un personaje que contiene y tapa los impulsos espontáneos, las ideas de éxito no garantizado. Que fue útil para afrontar el miedo al rechazo, y para satisfacer el deseo de agradar. Un personaje que se ha apoderado de mí.
Pero después de tanto tiempo oculta y reemplazada ¿Cómo saber quién era la auténtica Patricia? ¿Cómo recuperarla? Quizá la memoria pueda ser la solución. Buscándola en algún momentos de mi niñez. Momentos concretos, no todos sirven, porque ya entonces la infantil Patricia estaba muy retenida por su timidez y su deseo de gustar, sobre todo a sus padres. Recuerdo que disfrutaba mucho tocando la guitarra. A veces me resultaban pesados los ensayos, pero cuando conseguía tocar la pieza con soltura era feliz. Sentía que era buena y pensaba que me gustaría hacerlo siempre. Mi maestra me dijo que tenía mucho talento y me animó a participar en un concierto junto a sus mejores alumnos. Al principio sentí mucha ilusión, pero después tuve miedo. Miedo a fallar, al fracaso, a que se rieran de mí. Quedaba una semana para el día del concierto y estaba muy nerviosa. Mi madre vio que apenas comía, que dormía muy mal, y me dijo: “Patricia hija, no tienes que ir si no quieres. No tienes que sufrir por esto”. Dudé, a veces imaginaba aplauso y cariño, a veces pitidos y burla. Al final el miedo fue más fuerte. No toqué en ese concierto ni en ningún otro. Desde ese momento no ensayé con las mismas ganas, porque sabía que no iba a ser capaz de tocar delante de un público. Decidí yo, pero era una niña, si me hubieran animado, o al menos, si me hubieran obligado…
Pero seguí tocando para mí, y alguna vez para gente muy especial. De adolescente no sólo tocaba, también cantaba para un chico que me gustaba. Le cantaba tontas canciones de amor.  Tontas, pero a que esa edad cantaba con frescura, con pureza, como si fueran verdades eternas, las únicas que importaban. Eran momentos mágicos. Volcaba todo mi tierno corazón, expresaba todo lo que sentía y lo que deseaba sentir. A él le encantaba escucharme cantar. Me decía “Patricia, cantando te cambia la voz. Y también la cara. En serio pareces distinta, más segura, más brillante…” No echo de menos a ese chico. No tardé mucho en descubrir que no era como le soñaba. A la que si echo de menos es aquella Patricia inocente.
A mi marido nunca le emocionó mucho escucharme tocar, y poco actué para él. Sí tuve éxito tocando y cantando para mis niños, pero sólo cuando fueron muy pequeños. Nunca les he expresado mejor mi cariño y nunca me he sentido más unido a ellos. Elena, la mayor, fue a la que más tiempo pude conservar, y sólo hasta a las 8 años. Me dolió mucho cuando ella perdió interés por mis improvisadas canciones. Y aunque debía estar ya preparada, no me dolió menos cuando ocurrió con mis otros dos hijos.
Ahora soy mí único público. Algunas veces, sola en casa, cuando me siento animada o cuando necesito un consuelo a mi tristeza, compongo, ensayo, interpreto. Actuando sólo para mí, sin tener que agradar a nadie, puedo expresar aquello que llevo dentro y disfrutar. Canto canciones de otros que hago propias. Y canto mis propias canciones. Seguramente son tontas y malas, pero son mías, verdaderamente mías. Estoy presente en letra y música. Las siento, me emociono al cantarlas. Sí, ahí está Patricia, esa soy yo.

Acabó la noche insomne. Llegó la mañana y todos se fueron. Fui rápidamente a por mi guitarra…pero no eso no bastaba. Ponerme a tocar sola era una huida pero no una solución. No lo pensé mucho, para evitar que el miedo tuviera tiempo de controlar la situación. Me vestí, cogí lo que necesitaba y me fui al metro.
Sentí que todo el mundo me miraba, puede ser que fuera por lo cargada que iba, o por mis ojos de no haber dormido. Bajé la vista. No devolví las miradas; me hubiera sentido aún más nerviosa. Me bajé en Pacifico. Me dirigí hacia la línea 6, pero no llegué a ninguno de los dos andenes. En el pasillo que comunica ambos me detuve. Intenté no mirar a nadie y centrarme en cada acto sencillo, sin pensar en el significado de la secuencia completa.  

Abrí mí silla plegable. Saqué mi guitarra de su funda. Puse la funda abierta delante de mí. Me senté. Traté de colocarme en la postura más cómoda posible. Respiré profundo, y, aun temblando, empecé a tocar. La primera moneda tardó en llegar. Luego vino otra. Alguien se detuvo a escucharme. Y entonces, empecé a cantar. 

domingo, 3 de julio de 2016

El luchador


“Cuando cabalgábamos yo iba siempre un poco detrás de él. Un par de metros. Una distancia ceremonial. No era porque yo fuera el escudero y él mi señor. No, él nunca me lo hubiera pedido, y yo no lo hubiera aceptado si me lo hubiese querido imponer. Era algo que yo había decidido. Para mi tenía un significado. Era una demostración de admiración, un gesto que representaba que no me consideraba digno de ir a la altura de tan noble caballero, aunque fuera también mi amigo”.
Santos sonríe al pensar que sus lectores podrían imaginarle como un joven bueno y humilde. Si algo de eso era, en el momento que trata de narrar, era todo mérito del caballero, por lo mucho que había aprendido con él. Antes de conocerle era un muchacho arrogante y elitista. Gracias a la riqueza de su familia, nunca había trabajado y había podido dedicarse al estudio. Se había entregado a él en soledad, con fervor. Se creía muy sabio, pensaba que podría ser el más brillante escritor de la historia. Pero para su desgracia tenía muy pocas vivencias de las que extraer historias. Para disponer de más material, en una decisión más alocada que valiente, decidió, a sus veinte años, acompañar a un caballero. No a uno cualquiera; al que consideraba el más bruto y loco.
Sí, era un bruto, un ser tosco y vulgar, sobre todo para Santos que tan poco conocía del mundo real. No podían esperarse maneras refinadas en alguien a quien llamaban El Oso. Aunque tal apodo se debía más a su altura y fuerza que a su comportamiento salvaje. Él nunca utilizaba su nombre real. Algunos creían saberlo, pero pocos se atrevían a pronunciarlo por temor a su reacción. Ese supuesto nombre era el de un gran guerrero, el más poderoso y temible que había combatido en las cruzadas. Un guerrero que un día sintió que ya no podía continuar con esa vida. No creía en aquello por lo que estaba luchando, por lo que estaba matando, y juró que desde ese momento solo pelearía por lo que él consideraba justo.
¿Loco? Bueno, a Santos se lo pareció al principio. Nada que ver con lo que él pensaba que debía ser un caballero. Nada de nada. Ni siquiera tenía armadura. Sólo algunas defensas ligeras, y un casco que no le cubría toda la cabeza. No pretendía brillar por su pureza. No quería ser reconocido por su comportamiento intachable. Ni tampoco deseaba que se cantaran poemas relatando sus victorias sobre otros caballeros en nobles justas. La canción con más éxito sobre el Oso, tenía como tema su increíble capacidad como bebedor. Para la Iglesia, que creía la historia del guerrero que abandonó las Cruzadas, era un traidor y un hereje. Esto no le preocupaba mucha al Oso decía que él era un caballero del pueblo, no de Dios. Para la nobleza era alguien incómodo, un rebelde, un muy mal ejemplo.
Santos relata así como el caballero se fue ganando su admiración:
“Le vi hacer mucho por los demás. Nunca con la intención de que le reportara fama y gloria. Sus principios y valores sin duda eran muy personales. Pero cada vez los fui encontrando más sensato y hermosos. Sobre todo a partir de que fui abandonando mi mundo teórico y descubriendo el real. Las aventuras que vivimos, los sufrimientos que presencié, las sonrisas y agradecimientos que recibió el Oso, y yo también, simplemente por acompañarle, me abrieron la mente, pero sobre todo me convencieron del poder, de la necesidad de la acción.  
El trataba de hacer lo correcto cada día. Trataba de ayudar cada día. Algo tan sencillo de pensar como eso. Nada que ver con las complicadas ideas de las que yo me sentía orgulloso. Pero algo muy difícil de realizar con tanta habilidad y tanta constancia como mostraba el caballero. No siempre empleaba para ello la espada, pero si con frecuencia. Era un admirable luchador, que procuraba vencer causando el menor daño posible.
Ese día cabalgamos cansados. Los días anteriores habían sido duros, con abundante acción. Estábamos  deseando llegar a la villa de Belmont para poder descansar y comer bien. Y beber mucho, claro.  
Estábamos ya cerca, cuando apareció una niña.”
Deja de escribir. Creía poder narrar con serenidad lo que ocurrió, después de todo el tiempo que había pasado. Pero los años desaparecen al tratar de rememorar con fidelidad y detalle. Revive todo lo que sintió ese día desde el momento en que la niña se acercó a ellos corriendo. Pidiendo a gritos que se detuvieran. Lo hicieron. Cuando la vieron de cerca, les conmovió su llanto, su tristeza y su miedo.  
Por lo afectada que estaba, por su dificultad para encontrar las palabras y por su acento, tardaron mucho en entenderla. Era extranjera. Una de los muchos extranjeros que habían llegado a la zona huyendo de un país que padece  guerras y enfermedad. Habían conseguido refugio en la villa… o eso creyeron. Al principio estaban satisfechos, pero después los lugareños habían empezado a aprovecharse de la situación. Les hacían trabajar sin apenas descanso, les mal alimentaban. Les amenazaban con castigarles a ellos o a los familiares menos válidos para el trabajo. Se habían convertido en sus esclavos.
La niña contó que uno de ellos iba a ser colgado dentro de muy poco. Le acusaban de ser un ladrón y de querer matar a un hombre. Ella les dijo que no era cierto. Que le rodearon, le llamaron ladrón, le golpearon y él se defendió. Les dijo que tenían que apresurarse para salvarlo. Estaba ya todo preparado. Le iban a colgar en la plaza principal. Delante de todos los habitantes de la villa y alrededores. Y delante de los extranjeros; ellos debían verlo para saber los que les podía esperar. La niña había podido escabullirse, y había estado rezando a su Dios para que les enviara ayuda. Cuando les vio aparecer supo que sus oraciones habían sido escuchadas.
El Oso y Santos se miraron. No necesitaron hablar mucho, sabían que la historia era cierta. No sólo porque la contará, con una emoción muy difícil de simular, una niña con cara de ángel. Era una historia ya conocida. Ellos ya habían ayudados a algunos explotados. Extranjeros y pobres. A algunos les liberaron y les permitieron tener una nueva oportunidad. Otros, a pesar del maltrato, deseaban quedarse donde estaban, porque no creían tener mejor opción. En esos casos el Oso amenazaba con volver y castigar a quien hubiera abusado de su poder. No podía hacer nada mejor, aunque dudaba de que el temor a su regreso tuviera efectos prolongados.
Cabalgaron veloces a la villa de Belmont. Cuando llegaron, se encontraron con una gran plaza llena de gente. Fueron recibidos por cientos de miradas crispadas.  
El caballero le dijo al escudero que esperara detrás. Se bajó de su caballo, caminó hacia donde se encontraba la horca, y ordenó que se detuviera la ejecución.
- ¿Quién eres tú para interrumpir a la justicia? ¿Quieres acaso liberar a un criminal?” –le dijo el alguacil.
-No creo, que sea un criminal, o al menos que merezca semejante castigo.
- Ha robado, y ha querido matar a un hombre inocente. El desagradecido infiel. 
- Si ha robado no será nunca más que la paga que se ha merecido por su trabajo. Y dudo que mucho de que quisiera matar a nadie. Más bien creo que peleó porque fue atacado. Si creéis que quien lucha para defenderse merece la horca, vais a necesitar semanas para acabar vuestra tarea. ¡Liberadle!
- Se quién sois. Conozco vuestras andanzas, las fechorías que habéis hecho en otros lugares. Creéis que sólo vos sabéis lo que es justo. ¡Menudo loco! Merecéis el mismo castigo. ¡Soldados a él!
A él fueron, pero al Oso no le fue difícil deshacerse de los diez que le atacaron. El público presente se quedó asombrado de ese espectáculo tan distinto del que esperaban ver. Sólo quedaban intactos los soldados que custodiaban a los extranjeros.
Entonces el alguacil empezó a arengar a todos los habitantes que allí estaban. Les preguntó si iban a consentir que ese loco impidiera que se hiciera justicia, si le iban a dejar liberar a un criminal, si iban a permitir que el decidiera lo que esa villa debía hacer. A esa voz se unió otra que decía que era un pecador, y un demonio. Tan infiel y salvaje, como aquel a quien iban a colgar. Esa voz, acostumbrada a dar sermones, decía que también debían acabar con él.
Santos vio lo que ocurrió desde cierta distancia. Conteniendo todo lo que puede sus emociones se dispone a describir lo que vio:
“Al principio sólo unos pocos dieron pasos hacia el caballero. Pero esos animaron a otros, y al final fue muchos los que le atacaron. El Oso esperó a la horda sin retroceder un paso. Hirió a un par de ellos. Estaba ya a punto de clavar la espada en el pecho a otro al que había derribado, cuando de pronto se detuvo y lanzó lejos la espada. Los miserables, en lugar de reparar en la nobleza de su gesto, pensaron que ahora no podría herirles y se lanzaron todos a una sobre él. Le hirieron con cuchillos, le golpearon con palos, o con cualquier objeto que encontraron a mano. A veces dejaba de ver al Oso, le cubrían sus atacantes. Pero en segundos volvía a aparecer, se liberaba con puñetazos, patadas o empujones. Y seguía avanzando hacia la horca. Veía su cara de dolor, sentía su sufrimiento. Malnacidos. No podía quedarme quieto. No podía estar allí siendo testigo pasivo de ese dolor, de ese sacrificio. Por un segundo, supongo que inspirado por la cobardía pensé que debía seguir al margen, que alguien debería quedar para contar aquello, que ese acto de valentía y nobleza debía ser conocido y pasar a la historia. Pero esa idea quizá sensata, era muy insuficiente para calmar el malestar, el asco, el dolor que sentía. Tuve que moverme, tuve que ir hacia él, aunque poco podía ayudarle…”
Poco podía ayudar Santos en el combate, por mucha furia que le impulsara. Pero al verle muy cerca, y ver que le golpeaban a él también, el Oso, herido de gravedad, muy cansado, pareció recobrar toda su fuerza, y luchar con más vigor que nunca.
Los atacantes parecieron dudar, detenerse. Quizá tomaron conciencia de la situación. Quizá despertaron. En ese momento en que los locales se pararon, los extranjeros decidieron que ya era hora de ponerse en acción. Se deshicieron de los soldados que les custodiaban a costa de algunas bajas, y se lanzaron en ayuda del caballero y su escudero. Entonces huyo el alguacil, huyó el verdugo, huyeron los soldados que podían moverse. Los ciudadanos retrocedieron. Los extranjeros, cargados de ira, se iban a lanzar al ataque. Pero el caballero les detuvo.
Se fueron de la villa. Los extranjeros, el caballero y el escudero. Se fueron sin saber muy bien a donde. El caballero, muy malherido, cabalgó todo lo que pudo soportar. Cuando ya no pudo más, se detuvieron. Tendido en el suelo el Oso le habló a su escudero:
“Mientras el alguacil hablaba, vi cómo me miraba la gente. Conozco esas miradas. Conozco la mirada de la estupidez, de los que se sienten poderosos respaldados por la masa. Conozco la mirada de la crueldad, de los que disfrutan haciendo daño empleando cualquier razón como excusa. Conozco la mirada de la vergüenza encolerizada, que aparece en quienes se sienten culpables y no quieren oír las acusaciones.
Cuando se lanzó al ataque la gente de la villa, cuando les vi venir hacia mí con palos, con cuchillos, cuando los niños me tiraban piedras, es cuando estuve al borde de la derrota. Entonces casi me contagié de ese odio, y estuve a punto de volver a ser el que fui. Podría haber acabado con decenas de ellos, podría haber provocado que a otros les dominara el pánico, y salir de allí entre sangre, llantos y terror. Esa hubiera sido la derrota. Todo lo bueno que antes hubiera hecho se hubiera ensuciado. Todo lo que ha ido reduciendo el desprecio que sentía por mí mismo, hubiera desaparecido, y volvería a ser incapaz de soportarme.  
Siempre he sido un guerrero. Un instrumento, un arma si quieres. Me di cuenta de que aquello por lo que antes luchaba no era bueno porque me premiaban por ser un asesino. Lo que ahora defiendo, no puede defenderlo un asesino. Por eso lancé mi espada. Pero tampoco podía ceder, tenía que seguir luchando por lo que creo, por salvar a un inocente. No podía abandonar y huir dejando que en esta villa ocurriera algo tan vil y mezquino. Tenía que seguir avanzando, resistiendo los golpes y apartando a quien me quisiera detener.
Estuve a punto de derrumbarme, pero entonces tú llegaste. No soportaste lo que estabas viendo, y te viste obligado a actuar. Eso ha ocurrido antes, tú has visto como otros a los que hemos ayudado se han convertido en luchadores, y ya no necesitan de nadie que venga a pelear por ellos.
Sé que tú te preguntarás si ha merecido la pena: la gente que hemos liberado no tiene a donde ir y les será difícil encontrar un lugar donde sean bien recibidos. Y yo…poco futuro tengo.
Pero yo no tengo dudas: sé que hice lo correcto. Era lo que sentía que debía hacer. Con eso me conformo. Me basta para estar tranquilo”.
El caballero permaneció tranquilo hasta que murió, poco después.
Santos, realmente dudo de que el sacrificio del caballero hubiera merecido la pena. Por eso le consoló tanto la carta que ahora tiene entre las manos:
“…cuando llegué a la plaza ya se había librado de todos los soldados y ahora era la gente que conocía, con la que convivía, quienes le atacaban. No podía creerlo, mis vecinos, mis amigos,  estaban tratando de matar a mí héroe. Era mi héroe, aunque la mayoría de la gente allí le consideraba un loco, un infiel y un delincuente. Pero las historias que se contaban de él me hacían verle como un gran guerrero con buen corazón. Él era tal y como me lo imaginaba, enorme, fortísimo. Era capaz de apartar a todos los que lo atacaban aunque lo hacían por decenas. Me sentí mal, porque estaba seguro de que él era el bueno, y eso significaba que nosotros, la comunidad a la que pertenecía éramos los malos.
Ya antes pensaba que algo malo había en esa ejecución. Tenía siete años y no entendía la mayoría de lo que ocurría. Pero tenía, o creía tener, una clara distinción entre lo que estaba bien y mal. Mi padre también pensaba que aquello estaba mal. Por eso seguíamos en el taller cuando todo empezó. Pero cuando oímos los gritos y los sonidos de lucha fuimos corriendo.
La que intentaba acabar con el Oso era gente con la que hablaba mi padre, y que comentaba lo mucho que yo había crecido. Gente me regalaba algo de fruta, o un pescado recién salido del río. Niños con los que yo jugaba  eran los que gritaban con rabia mientras eran sujetados por sus madres. Abuelas que conmigo eran cariñosas las que pronunciaban palabras llenas de odio. Hubo quien le recriminó a mi padre que no se uniera al combate. Sé que mi padre fue valiente no haciéndolo.
Diez años han pasado desde entonces. Por fin soy lo suficientemente mayor para poder marcharme. Siento dejar a mis padres, pero ellos lo entienden.
Llevaba mucho deseando hacerlo. Desde aquel día en la villa el ambiente está lleno de vergüenza y tristeza. El Oso mediante la belleza de su sacrificio reveló toda la fealdad que existía en Belmont. Todos reconocieron sus pecados y miserias, por obra u omisión. No han sabido como redimirse, como limpiarse. Y yo les he visto sufrir desde entonces el peso y la amargura de la culpa.
Nadie quería hablar de ese día. Nadie quería reconocer que recordaba lo que pasó. Pero sé que lo hacían. Yo lo hacía. Le escribo esta carta para que sepa que siempre he tenido presente ese día, que marcó mi manera de pensar y determino  todo lo que me propongo conseguir en la vida”.
A Santos le marcó no sólo lo que ocurrió ese día, sino todo lo que vivió con el caballero. Y cuando él se fue también se entregó a la lucha. No tenía valor ni fuerza para combatir con la espada. Pero podía escribir. Escribir palabras sencillas, palabras humildes, como hay miles, millones en multitud de idiomas. Pero cuando esas palabras se agrupan de manera adecuada, surgen ideas en quien las lea, provocan emociones. Y esas ideas, esas emociones, a veces impulsan a pequeños actos. Y éstos a otros, y ésos a más...Santos sabía que por mucho que trabajará vería pocos frutos, pero confiaba en que su esfuerzo provocaría efectos mucho después de que él se hubiera ido. No creía posible una victoria total, ni siquiera en un futuro lejano, pero estaba convencido de que la lucha persistiría siempre.