jueves, 6 de octubre de 2016

Carmen

Pobres niños. Les echaré mucho de menos, pero tiene razón mi madre, es mejor que pasen con ellos la noche, que no vaya a recogerlos al volver del hospital. Que se queden esta noche, al menos, quizá alguna más. Hasta que esto acabe, de una manera o de otra. Mi madre cree que será bueno para mí, que sola podré descansar y estar más tranquilla. En eso se equivoca, no me encuentro nada bien cuando me quedo sola y me dedico a pensar.
En lo que sí acierta en que ellos, los niños, se distraerán. Que sufren y se preocupan porque me ven nerviosa, triste. Sobre todo Emma. Quique es demasiado pequeño aún. Pero Emma, mi dulce Emma, se da cuenta de todo. Es muy sensible. Lo intento pero no puedo. Trato de respirar y actuar con calma y ser convincente cuando les digo que lo que le ocurre a su padre no es nada grave, que pronto volverá, que no pueden ir a verle porque donde está no dejan entrar a los niños, para que no se pongan malitos. Pero no soy capaz. No me domino. Es demasiado fuerte la emoción cuando hablo de él.
Se enfadaría si me viera fumando. Lo dejé por él. Notaba que le molestaba que lo hiciera, y él a mí me gustaba tanto…He tomado muchas decisiones, casi todas, pensando en él, en como valoraría lo que hiciera. Me hizo recuperar la sonrisa y el ánimo. Él consiguió, y aún consigue que desee ser más guapa, más lista, más inteligente, mejor amante...Me propuse que siempre me mirara como cuando me dio el primer beso. Ese beso con torpe delicadeza, con cariño apresurado. Me hizo sentir que no podía contenerse, que era algo que había estado deseando con intensidad desde hace tiempo.
Él no me pide ningún cambio expresamente, pero el agrado o desagrado que muestra, lo que opina de otros, lo que dice que le gusta o le molesta, rige mi conducta. A veces me enfado con él porque creo que no consigo cumplir sus expectativas, por mucho que me esfuerce. El que no ha dicho nada, o cree no haberlo dicho, se sorprende de mi reacción.
El tráfico está horrible. Lo esperaba en un día de lluvia. En parte me alegro, quiero estar el menor tiempo posible en el hospital. Pero tampoco quiero llegar demasiado tarde y perderme la visita. Tú en este atasco estarías tan tranquilo, como siempre tan tranquilo. Gracias a eso me serenas y me das paz, aunque a veces me pregunto si algo o alguien te importaba de verdad.
Quince minutos hasta que sea la hora. Tengo que ir a la sala de espera. Estarán ya sus padres, claro. Su madre me saludará correcta pero fría. Como siempre ha sido conmigo. Sé que piensa que no soy lo suficientemente buena para su hijo. Me duele, pero, siendo honesta, tampoco puedo culparla. Yo misma lo he pensado muchas veces.
Ella hace grandes demostraciones de su preocupación y su dolor. Seguro que luego le dice a su marido que yo parezco muy poco afectada, con lo grave que es la situación.
Después del saludo, apenas hablamos. Se me hace eterno el tiempo el tiempo allí. Si simplemente entrar en un hospital ya me hace sentir agobiaba, esa sala de espera de la UCI, llena de gente, en la que se siente dolor, tristeza, y la cercanía de la muerte, me hace sentir físicamente enferma. Me abrazo, me encojo, y trato de mirar a aquellos que parecen más relajados, a los que saben que el suyo, aquel que viene a visitar, saldrá pronto de allí, que pronto ganará fuerzas y se recuperará.   
Ya nos toca, pasamos. Mi suegra le habla. Y me mira esperando que yo también lo haga. No soy capaz. No puedo apenas mirarle. Me rompo por dentro. Siento mucho más de lo que ella puede imaginar. No sólo siento dolor, no sólo siento tristeza, siento vergüenza, siento culpa. Una terrible culpa.
No quería hacerte daño, te lo prometo. Sólo quería recuperarte o al menos retenerte. Te necesito tanto, eres tan importante. Demasiado importante. Y esta vez estaba segura que podía perderte.
Siempre lo he temido, es verdad. Ha sido la principal razón de nuestras discusiones, desde que empezamos a salir. Tú me reprochabas mis celos, decías que todo estaba en mi cabeza. Qué debía dejar de pensar así, y no solo por él, por mí misma, porque sufría sin motivo. Y yo acababa reconociendo que sí, que era mi imaginación, y te pedía perdón. Sabía que era muy insegura, quien puede no serlo no cuando depende tanto de lo que no puede controlar. Trataba de contenerme. Trataba de dominar mis temores por el miedo a que te hartaras de mis celos y decidieras dejarme.
Miedo intentando dominar el miedo. Miedo que es incapaz de convivir con la confianza, aunque sea motivo para aparentarla. Creo que he sido una buena actriz en general, aunque haya tenido motivos de debilidad. Diría que tú pensaste que ya no sospechaba. Pero nunca he dejado de buscar pruebas de que no me querías, de que estabas con otra. Pruebas que no he encontrado hasta hace unas semanas.
No imaginas cuanto me dolió. Pensé en irme pero sólo fue un instante. Como podría estar sin ti. Estuve muchas veces a punto de estallar. De llamarte mentiroso y golpearte. Pero no lo hice. No lo hice aunque eso estuvo a punto de llevarme a la locura. No lo hice porque después de eso no podríamos continuar.
No fue venganza. A pesar de todo no te odio, o mucho menos de lo que te amo, de lo que te necesito. No pretendía causarte un daño grave. Sólo lo suficiente para que estuvieras cansado, para que no te apeteciera salir, para que te quedaras en casa y yo pudiera cuidarte. De algo debía servirme mi licenciatura en químicas.
Y lo conseguí, tuvo efecto. Creo que conseguí recuperarte. Pero temí volverte a perderte cuando dejara de hacer efecto, y aunque la dosis fue muy reducida, la prolongué durante demasiado tiempo.
No debe ser fácil para el doctor decirnos, otra vez, que están haciendo todo lo posible, pero que lamentablemente no han llegado a averiguar cuál es la causa, el origen.  Y yo no sé cómo esconder mi rostro lleno de culpa. Tal vez si estuviera sola confesaría. Tal vez sola con el médico me atrevería. Pero con su madre al lado. O quizá no. Seguramente sola tampoco diría nada. Soy una cobarde. Y estoy muy cerca de ser una asesina.
Salgo del hospital. Me despido apresuradamente de mis suegros. No sé qué voy a hacer esta noche. Me pongo a conducir sin destino.
¿Quién me llama? Es el hospital. ¿De verdad, creen saber la causa? ¿Será muy largo el tratamiento? ¿Se recuperará completamente? Sí, es muy raro. No tengo ni idea de cómo…Claro, contestaré sus preguntas. Sí, sí, entiendo que tengan que informar a la policía.
Tengo mucho miedo. Pero me siento también liberada. Espero que los niños estén bien sin mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario