martes, 4 de octubre de 2016

Olga

Lunes. Empezó como un lunes cualquiera. Como un lunes que iniciaba la rutina semanal. Ese lunes, deseé nada más despertarme que mi vida cambiara. No sabía cómo podría ser ese cambio. Aparte de que a esa hora no estaba para un diseño detallado, parece lógico que cuanto más específico sea el deseo menor será la probabilidad de que se cumpla. Yo sólo pedía un resultado: que fuera lunes, sonara el despertador y me sintiera bien. Puede que fuera porque había un motivo que me impulsaba a levantarme con mucha ilusión. Aunque era más probable es que el bienestar se debiera a que podía ignorar por completo al despertador y quedarme en la cama tan a gusto. No tenía mucha costumbre de desear, y quizá por ello lo hice con demasiada intensidad.
En el trabajo solo esperaba que la jornada transcurriera aburrida pero tranquila, que pudiera pasar por ella medio dormido. Pero no. Ese lunes mi jefe recibió una llamada que le puso nervioso. Se vio obligado a hacer la única actividad laboral para la que estaba capacitado: culpar a otros de los problemas. Esta vez el principal acusado fui yo. Me llevé una bronca que me hizo sentir mal conmigo mismo. Había fallado, había descuidado mi misión en la empresa: hacer lo justo para pasar inadvertido. Me había acomodado demasiado en mi pereza.  Así que ese lunes, y quizá algún día más tendría que trabajar, mucho más de lo habitual pero no tanto como era capaz, claro. Si lo hacía y se daban cuenta, me exigirían ese mismo rendimiento todos los días.  
Fui el blanco principal pero no el único. Mis compañeros también recibieron castigo, lo que inició  un forzado estallido de indignación. Tuve que utilizar mis mejores habilidades para conseguir que ellos creyeran que yo estaba con ellos y permanecer lo más lejos posible del ruido de gallinero y la furia de juguete. Viva la revolución, pero estaría genial que montarais las barricadas más cerca de palacio, quiero decir, de los despachos de la dirección.
De vuelta a casa, el metro lleno. Una mochila empujando mi espalda durante un buen tiempo hasta que conseguí conquistar un espacio libre. No soporto a la gente que hace sufrir a los demás el peso de su carga. Y ésta por qué me empuja. Sí, corra princesa a su asiento reservado a adolescentes egocéntricos. Así puede enviar con más comodidad caritas llenas de emociones mientras su rostro sólo refleja abulia y estulticia.
Tenía muchas, muchas ganas de llegar a casa. Pero para recuperar el equilibrio no me bastaría con sentarme en el sofá y ver una serie. Necesitaría una buena compañía. Una que me proporcionara paz, que me reconciliara con el universo.
Olga la única ­compañía que tenía en casa desde hace mucho tiempo.  Desde que decidí no volver a decepcionar a una mujer que no me ilusionara.
Olga es una gata. Pero no mi gata. No era su amo. Le daba de comer, le daba refugio cuando lo buscaba…Era el propietario de su hotel preferido. Aunque me gustaba pensar que no solo eso; también un aliado, o mejor, un dios menor. Pero no un amo.
Esperaba que ese día me hubiera ido a visitar. Que estuviera en la terraza esperándome. Impaciente. Qué cuando llegara, me mirara comunicando su fastidio y su queja porque hubiera tardado tanto. Qué entrara hasta la cocina, literalmente. Y que después de darle de comer, se sentara a mi lado, en su lugar favorito del sofá y se dejara acariciar. No siempre lo permitía. A veces se mostraba arisca y quería irse según acababa su comida. Me dejaba claro que no sentía obligada a mostrarse agradecida, que no me necesitaba. Se las arreglaría perfectamente sin mí. Si venía era por lo que me apetecía. Eso me hacía sentir que me elegía, aunque fuera sólo en ocasiones, y que cuando estaba a mi lado no era por interés. Además no tenía que sentirme responsable de ella. Era probablemente la relación perfecta para mí.
Llegué a casa. Caminé por mi corto pasillo nervioso. Me dirigí a la terraza, la abrí, y allí estaba ella. Pero no, no era la gata Olga. Era una mujer joven. Desnuda.
Yo esperaba paz y reposo ahora me sentía confuso, nervioso, sorprendido. La miraba, como podía evitarlo, aunque me sentía un tanto incómodo haciéndolo. Muy delgada. Larga melena morena. Ojos verdes. A cuatro patas. Y un collar, en el que estaba escrito “Olga”.
El collar que yo le puse a una gata y que mujer quería quitarse. Aunque no era muy rígido debía molestarle bastante. La ayudé. Era la respuesta. La respuesta a quien era ella, y porque estaba allí. Era una respuesta que, atendiendo a las pistas, parecía razonable. Salvo porque era imposible, claro. A pesar de eso, la acepté.
¿Qué podía hacer con esa mujer que antes era gata? Que estaba asustada, que se miraba las manos, los brazos, las piernas…que parecía pedirme respuestas. Yo no estaba preparado para afrontar esa situación. Desde luego el universo era un bromista cruel; yo era el menos adecuado para gestionar un milagro. Y menos un lunes. Ese lunes.
Los dos entramos en casa, ella gateando. Me pareció poco apropiado que estuviera desnuda. Intenté ponerla algo de ropa. Pero desistí después de llevarme un par de profundos arañazos.
Seguramente estaba hambrienta. La Olga gata siempre lo estaba. La puse para comer unas salchichas, algo que me pareció más humano, pero ella las rechazó. Con bastante reparo le serví comida de gato. Pero a ella pareció gustarla tanto como siempre. Me sentí muy raro viéndola comer con el plato en el suelo, utilizando la boca con avidez, y sus manos torpemente. Me tranquilizó un poco pensar que no era una comida de gatos vulgar. La etiqueta y el precio sugerían que muchos humanos desearían tener la oportunidad de disfrutar de esa comida.
Después de comer pareció tranquilizarse y fue al sofá. Me miró. Comprendí que no sólo buscaba comodidad. Quería también recibir caricias tranquilizadoras.  No puedo decir que fuera desagradable acariciar a esa mujer, joven y hermosa. Pero sentía que aquello no estaba bien, que era un extraño tipo de degenerado. Que practicaba una forma de depravación que hasta ese momento no se había dado en la historia de la humanidad. Y mira que es sucia la historia de la humanidad.
Tras un tiempo, para mi largo, de cuidadosas y recelosas caricias. Decidió que era hora de dormir. Utilizó su arena, y se echó en mi cama. Bueno, pensé que me tocaba dormir en el sofá. Pero ella con una mirada y un extraño sonido me hizo tumbarme a su lado. Ella se durmió con su cabeza pegada a mi hombro. Yo aún vestido de calle, no me podía dormir. Tampoco podía moverme. Sólo quedarme quieto, pensando. Pensando, en que pasaría. En que podía hacer con ella.
Tan dependiente. La tengo que enseñar todo, a veces pierdo la paciencia. Ella se enfada me araña. Pero va aprendiendo. ¡Muy bien Olga! Muy bien. Se alegra me acaricia.
No se lo puedo contar a nadie. Pensarían que estoy loco. Y si me creyeran aún peor. No voy a dejar que hagan extraños y dolorosos experimentos con Olga, y tampoco quiero participar en un programa de tarde de televisión.
Te tienes que poner algo Olga. Tienes que ir vestida, como las mujeres que ves en la tele .Te he traído algo, he pensado que te costaría menos ponerte esto, que lo verías más natural. Parece lo más apropiado para ti, vestir de Catwoman…la verdad, es que no he podido resistirme.
Ángel, sí ¡Ángel! Lo has dicho muy bien Olga. Qué maravilla, tu primera palabra mi nombre. Me siento muy importante.
Olga creo que deberías empezar a bañarte tú sola. No sabes lo hermosa que eres como mujer. Olga...¿Tú puedes sentir como yo? ¿Tú tienes deseos como yo?
¿Quieres salir? No sé si estás preparada. Tienes que estar siempre junto a mí y hacerme caso. No, el disfraz no. Sí que te ha gustado. ¡Olga! ¡Vuelve, no hagas eso! ¡Quieta! ¡Baja de ahí! Olga no, ¡No! No arañes. Perdona Sara. Vaya, estás sangrando. Discúlpala, es…una amiga. Está pasando un mal momento. ¡Olga no corras! No se preocupe señora, es que le tiene miedo a los perros, le mordió uno siendo niña y…Olga, te has portado muy mal. No vamos a poder salir. No, no te pongas ahora mimosa. No Olga, por favor. No sigas.
¿Tú sola? No sé, Olga, no sé. Es verdad, ya sabes hablar bien, sabes actuar. Pero aún hay tantas cosas que no conoces. No, no quiero tenerte prisionera. Sólo quiero protegerte. Creo que es mi responsabilidad. Soy tú…soy el que... soy el único que sabe tu origen. Está bien, sal, pero ten cuidado y vuelve pronto.
¿Dónde estabas ? Me tenías muy preocupado. ¿Cómo que quieres irte? ¿Dónde vas a ir? ¿y quién es? ¿Cómo es?  Olga, pero si estamos tan bien, tú y yo, juntos, solos. No debes confía en cualquiera. Hay mucha gente mala. Eres muy inocente. ¿Y yo, no te importo? ¿De verdad, me vas a dejar? No te vayas Olga.


Me desperté. Sólo en mi cama. La busqué, pero allí ya no estaba. Se había ido. O quizá no. No del todo. En la terraza una gata maullaba. 

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