Lunes. Empezó como un lunes cualquiera. Como un lunes que
iniciaba la rutina semanal. Ese lunes, deseé nada más despertarme que mi vida
cambiara. No sabía cómo podría ser ese cambio. Aparte de que a esa hora no
estaba para un diseño detallado, parece lógico que cuanto más específico sea el
deseo menor será la probabilidad de que se cumpla. Yo sólo pedía un resultado:
que fuera lunes, sonara el despertador y me sintiera bien. Puede que fuera porque
había un motivo que me impulsaba a levantarme con mucha ilusión. Aunque era más
probable es que el bienestar se debiera a que podía ignorar por completo al
despertador y quedarme en la cama tan a gusto. No tenía mucha costumbre de
desear, y quizá por ello lo hice con demasiada intensidad.
En el trabajo solo esperaba que la jornada transcurriera
aburrida pero tranquila, que pudiera pasar por ella medio dormido. Pero no. Ese
lunes mi jefe recibió una llamada que le puso nervioso. Se vio obligado a hacer
la única actividad laboral para la que estaba capacitado: culpar a otros de los
problemas. Esta vez el principal acusado fui yo. Me llevé una bronca que me
hizo sentir mal conmigo mismo. Había fallado, había descuidado mi misión en la
empresa: hacer lo justo para pasar inadvertido. Me había acomodado demasiado en
mi pereza. Así que ese lunes, y quizá
algún día más tendría que trabajar, mucho más de lo habitual pero no tanto como
era capaz, claro. Si lo hacía y se daban cuenta, me exigirían ese mismo
rendimiento todos los días.
Fui el blanco principal pero no el único. Mis compañeros
también recibieron castigo, lo que inició un forzado estallido de indignación. Tuve que
utilizar mis mejores habilidades para conseguir que ellos creyeran que yo
estaba con ellos y permanecer lo más lejos posible del ruido de gallinero y la
furia de juguete. Viva la revolución, pero estaría genial que montarais las
barricadas más cerca de palacio, quiero decir, de los despachos de la
dirección.
De vuelta a casa, el metro lleno. Una mochila empujando mi
espalda durante un buen tiempo hasta que conseguí conquistar un espacio libre.
No soporto a la gente que hace sufrir a los demás el peso de su carga. Y ésta
por qué me empuja. Sí, corra princesa a su asiento reservado a adolescentes
egocéntricos. Así puede enviar con más comodidad caritas llenas de emociones
mientras su rostro sólo refleja abulia y estulticia.
Tenía muchas, muchas ganas de llegar a casa. Pero para
recuperar el equilibrio no me bastaría con sentarme en el sofá y ver una serie.
Necesitaría una buena compañía. Una que me proporcionara paz, que me reconciliara
con el universo.
Olga la única compañía que tenía en casa desde hace mucho
tiempo. Desde que decidí no volver a
decepcionar a una mujer que no me ilusionara.
Olga es una gata. Pero no mi gata. No era su amo. Le daba de
comer, le daba refugio cuando lo buscaba…Era el propietario de su hotel
preferido. Aunque me gustaba pensar que no solo eso; también un aliado, o
mejor, un dios menor. Pero no un amo.
Esperaba que ese día me hubiera ido a visitar. Que estuviera
en la terraza esperándome. Impaciente. Qué cuando llegara, me mirara
comunicando su fastidio y su queja porque hubiera tardado tanto. Qué entrara
hasta la cocina, literalmente. Y que después de darle de comer, se sentara a mi
lado, en su lugar favorito del sofá y se dejara acariciar. No siempre lo
permitía. A veces se mostraba arisca y quería irse según acababa su comida. Me
dejaba claro que no sentía obligada a mostrarse agradecida, que no me
necesitaba. Se las arreglaría perfectamente sin mí. Si venía era por lo que me
apetecía. Eso me hacía sentir que me elegía, aunque fuera sólo en ocasiones, y
que cuando estaba a mi lado no era por interés. Además no tenía que sentirme responsable
de ella. Era probablemente la relación perfecta para mí.
Llegué a casa. Caminé por mi corto pasillo nervioso. Me
dirigí a la terraza, la abrí, y allí estaba ella. Pero no, no era la gata Olga.
Era una mujer joven. Desnuda.
Yo esperaba paz y reposo ahora me sentía confuso, nervioso,
sorprendido. La miraba, como podía evitarlo, aunque me sentía un tanto incómodo
haciéndolo. Muy delgada. Larga melena morena. Ojos verdes. A cuatro patas. Y un
collar, en el que estaba escrito “Olga”.
El collar que yo le puse a una gata y que mujer quería
quitarse. Aunque no era muy rígido debía molestarle bastante. La ayudé. Era la
respuesta. La respuesta a quien era ella, y porque estaba allí. Era una
respuesta que, atendiendo a las pistas, parecía razonable. Salvo porque era
imposible, claro. A pesar de eso, la acepté.
¿Qué podía hacer con esa mujer que antes era gata? Que
estaba asustada, que se miraba las manos, los brazos, las piernas…que parecía
pedirme respuestas. Yo no estaba preparado para afrontar esa situación. Desde
luego el universo era un bromista cruel; yo era el menos adecuado para
gestionar un milagro. Y menos un lunes. Ese lunes.
Los dos entramos en casa, ella gateando. Me pareció poco
apropiado que estuviera desnuda. Intenté ponerla algo de ropa. Pero desistí
después de llevarme un par de profundos arañazos.
Seguramente estaba hambrienta. La Olga gata siempre lo
estaba. La puse para comer unas salchichas, algo que me pareció más humano, pero
ella las rechazó. Con bastante reparo le serví comida de gato. Pero a ella
pareció gustarla tanto como siempre. Me sentí muy raro viéndola comer con el
plato en el suelo, utilizando la boca con avidez, y sus manos torpemente. Me
tranquilizó un poco pensar que no era una comida de gatos vulgar. La etiqueta y
el precio sugerían que muchos humanos desearían tener la oportunidad de
disfrutar de esa comida.
Después de comer pareció tranquilizarse y fue al sofá. Me miró.
Comprendí que no sólo buscaba comodidad. Quería también recibir caricias
tranquilizadoras. No puedo decir que
fuera desagradable acariciar a esa mujer, joven y hermosa. Pero sentía que
aquello no estaba bien, que era un extraño tipo de degenerado. Que practicaba
una forma de depravación que hasta ese momento no se había dado en la historia
de la humanidad. Y mira que es sucia la historia de la humanidad.
Tras un tiempo, para mi largo, de cuidadosas y recelosas
caricias. Decidió que era hora de dormir. Utilizó su arena, y se echó en mi
cama. Bueno, pensé que me tocaba dormir en el sofá. Pero ella con una mirada y
un extraño sonido me hizo tumbarme a su lado. Ella se durmió con su cabeza
pegada a mi hombro. Yo aún vestido de calle, no me podía dormir. Tampoco podía
moverme. Sólo quedarme quieto, pensando. Pensando, en que pasaría. En que podía
hacer con ella.
Tan dependiente. La tengo que enseñar todo, a veces pierdo
la paciencia. Ella se enfada me araña. Pero va aprendiendo. ¡Muy bien Olga! Muy
bien. Se alegra me acaricia.
No se lo puedo contar a nadie. Pensarían que estoy loco. Y
si me creyeran aún peor. No voy a dejar que hagan extraños y dolorosos
experimentos con Olga, y tampoco quiero participar en un programa de tarde
de televisión.
Te tienes que poner algo Olga. Tienes que ir vestida, como
las mujeres que ves en la tele .Te he traído algo, he pensado que te costaría
menos ponerte esto, que lo verías más natural. Parece lo más apropiado para ti,
vestir de Catwoman…la verdad, es que no he podido resistirme.
Ángel, sí ¡Ángel! Lo has dicho muy bien Olga. Qué maravilla,
tu primera palabra mi nombre. Me siento muy importante.
Olga creo que deberías empezar a bañarte tú sola. No sabes
lo hermosa que eres como mujer. Olga...¿Tú puedes sentir como yo? ¿Tú tienes
deseos como yo?
¿Quieres salir? No sé si estás preparada. Tienes que estar
siempre junto a mí y hacerme caso. No, el disfraz no. Sí que te ha gustado. ¡Olga!
¡Vuelve, no hagas eso! ¡Quieta! ¡Baja de ahí! Olga no, ¡No! No arañes. Perdona
Sara. Vaya, estás sangrando. Discúlpala, es…una amiga. Está pasando un mal
momento. ¡Olga no corras! No se preocupe señora, es que le tiene miedo a los
perros, le mordió uno siendo niña y…Olga, te has portado muy mal. No vamos a
poder salir. No, no te pongas ahora mimosa. No Olga, por favor. No sigas.
¿Tú sola? No sé, Olga, no sé. Es verdad, ya sabes hablar
bien, sabes actuar. Pero aún hay tantas cosas que no conoces. No, no quiero
tenerte prisionera. Sólo quiero protegerte. Creo que es mi responsabilidad. Soy
tú…soy el que... soy el único que sabe tu origen. Está bien, sal, pero ten
cuidado y vuelve pronto.
¿Dónde estabas ? Me tenías muy preocupado. ¿Cómo que quieres
irte? ¿Dónde vas a ir? ¿y quién es? ¿Cómo es? Olga, pero si estamos tan bien, tú y yo,
juntos, solos. No debes confía en cualquiera. Hay mucha gente mala. Eres muy
inocente. ¿Y yo, no te importo? ¿De verdad, me vas a dejar? No te vayas Olga.
Me desperté. Sólo en mi cama. La busqué, pero allí ya no
estaba. Se había ido. O quizá no. No del todo. En la terraza una gata maullaba.
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